Domingo 23 Junio 2024

Año tras año - y ya van 29- la Marcha del Silencio se hace más numerosa. Y eso reconforta, en parte, porque permite ver -a prima face- que el tema de los desaparecidos no pasa inadvertido para los uruguayos, pero al mismo tiempo deja una señal, que me sabe a desilusión. Que me sabe a callejón sin salida. Ese callejón sin salida que se mece en la cuna de la impunidad, hoy vigente y muy bien posicionada en los sitiales de la casta militar y del poder político. El poder político que por años no hizo otra cosa -más allá de dialécticas y de retóricas, y de tibias iniciativas, que se multiplicaron en cada periodo de gobierno- que ser funcional -matices mediante- a la cultura de la impunidad, que, en apariencia se instaló a la salida de la dictadura en el pacto del Club Naval , pero que en realidad su prolegómeno, seguramente deberíamos situarlo en los años previos al 27 de junio de 1973, en épocas en las cuales la guerrilla tupamara y los militares fueran ya bosquejando acuerdos. Acuerdos que más tarde se materializarían rigurosamente, hasta nuestros días.

“¡Ellos saben donde están! Exigimos respuestas. Nunca más terrorismo de Estado” ha sido la consigna central de este 2024. Ha sido, por enésima vez, la carta de presentación de Madres y Familiares, dirigida a la casta militar. ¿Solo a la casta militar? No se dice expresamente (algún día llegara el momento de ser más explícito) pero en esa afirmación de cabeza de Marcha, se incluye tácitamente al sistema político. A la casta política. Y no por causalidad, una de nuestras pancartas de Antimafia Dos Mil y de la Asociación Un Punto en el Infinito -de Marchas del Silencio, de años anteriores- fue muy clara en ese sentido: “¿Qué poderosos intereses mantienen un país sin memoria ni justicia” “Los responsables de la impunidad silencian la verdad”

Dónde están

El mensaje es claro. El mensaje de reclamo de la verdad. De la verdad sobre el lugar donde están enterrados los desaparecidos; esos enterraderos en predios militares, de 197 personas.

La exigencia y el clamor por saber la verdad se lee perfectamente en las múltiples pancartas que se exhiben año tras año por la avenida 18 de julio, y que son la sustancia de esa movilización multitudinaria; de una magnitud indescriptible, que supera toda expectativa.

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Pero esa masiva (y perseverante) demostración de sensibilidad militante de Familiares, no ha tenido respuestas del sistema político, de ningún gobierno posterior a la dictadura. Todos los gobernantes, de partidos tradicionales y de la coalisión de izquierda han dado la espalda a Madres y Familiares en todos estos años. Han dado la espalda, sin pudor alguno, justificándose, excusándose a veces, manipulando verdades, para no llegar hasta el hueso. Y cada gobernante le dio su impronta. Cada gobernante se justificó a su forma y a su estilo. Y en definitiva todos los gobernantes resultaron ser funcionales a la impunidad, lisa y llana. Esa impunidad que prosperó y se afianzó, hasta nuestros días.

Días en los cuales, por otra parte, ya hablar de desaparecidos en el Uruguay, parece ser un hecho natural, si se quiere, pero de una naturalidad, que me asombra, que me deja absorto, y no precisamente porque lo vea como un signo de lucha por la verdad. Más bien se me hace como un signo de proximidad a una peligrosa institucionalización del reclamo de justicia; de una movilización que debería ser determinante y concluyente;de una movilización que debería ser sistemática, tenaz, cotidiana, permanente, pero que corre riesgo de perpetuarse, vestida de formalidad, más que de lucha.

Y lo que más me preocupa, es que el sistema político y la casta militar saben perfectamente que esa movilización es un acontecimiento que se hace una vez al año; una sola vez en 365 días. Y lo saben. Y lo capitalizan para sus fines. Para que siga siendo una sola vez al año, y punto. Como si se tratase de un aniversario, inamovible. Pero inamovible desde dentro, es decir desde el vamos, es decir, desde el no abrir caminos a la verdad, pero sí homenajear, recordar, honrar a los desaparecidos una vez cada 365 días. Pero por ahí no va la cosa. Eso está claro, al menos para Familiares, y para nosotros.

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!Cuidado!: Hay algo que no está bien

¿Reconforta ver las imágenes de los drones, de cuadras y cuadras repletas de uruguayos marchando en silencio, reclamando por los desaparecidos? Claro que reconforta. Pero algo nos esta pasando. Hay algo que no esta bien. Esa masiva movilización no lo es todo. Es solo una parte, de una lucha, de una meta. Bienvenida, sí. Pero cuidado con quedarnos con ella, por eternidades. Cuidado que nos hagamos trampa al solitario, y entendamos que movilizarnos así, con tanta solemnidad, por el silencio, es el todo. Cuidado.

Es hora y momento de que esta Marcha del Silencio llegue a su fin. Es hora y momento que el reclamo sea más incisivo, más directo, más militante. No quedarnos con la sensibilidad de los uruguayos, como única expresión de solidaridad, por la solidaridad misma, o por la sensibilidad misma, porque en ese detalle se apoya la impunidad. En permitir la sensibilidad de todo un gentío, pero no generar respuestas, es decir, lugares precisos donde excavar.

La gran infamia

Esos desaparecidos no fueron una circunstancia histórica; no fueron un capricho histórico; no fueron parte de los dos demonios; no fueron los que atentaron la democracia. Fueron las víctimas absolutas de un terrorismo de Estado. Fueron las víctimas de un modelo económico, de un plan: del Plan Cóndor. Fueron jóvenes y no tan jóvenes que se resistieron a un régimen dictatorial. A un régimen autoritario y criminal. Fueron mujeres y hombres alcanzados por la tortura, luego por la muerte y por último, por los tentáculos del olvido. Ese olvido detestable, horrendo.

Esos desaparecidos confrontan al sistema político a través de una verdadera militancia, y a través de sus respectivas familias y amigos.Y lo vienen haciendo desde hace años. Esos desaparecidos, también nos confrontan con nuestros demonios en este momento democrático. Demonios que se traducen en el olvido que se materializa en cada período de gobierno, cuya infamia es precisamente no darles respuestas a Familiares. Cuya infamia se traduce en la hipocresía de los discursos políticos. Cuya infamia se traduce en la insensibilidad de los políticos que niegan al terrorismo de Estado, o que solo lo mencionan demagógicamente, estratégicamente, desde tiendas tradicionales y hasta desde tiendas del progresismo (de una izquierda que se dejó vencer por los poderosos intereses que la llevaron a tener un país sin memoria y sin justicia) distorsionando sus principios y hasta sus promesas. Demonios que se agitan en un año electoral sobrado en complejidades.

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Esos desaparecidos nos significaron una lucha honesta por la libertad. Una lucha desatada contra la bota militar y policial, de aquellos años, y contra un sistema político que les resultó funcional, y hoy un encubridor, un encubridor excepcional.

Hay hombres de uniforme, que lo mancillan a cada instante , cuando se llaman al silencio sobre el lugar donde están enterrados los 197 desaparecidos. Hombres de uniforme que son testigos de cargo, de un terrorismo de Estado, que no ha cesado, porque esa omertá, lo hace vigente, lo hace presente.

“Ellos saben dónde están.Exigimos respuestas” sigue siendo la eterna consigna. El eterno grito de pedido de justicia. El eterno grito de justicia dirigido a los uniformados -militares y policías- de los años del terror y a la casta política, cuya falta de voluntad, para ir hasta el fondo en el tema desaparecidos, todavía sigue siendo la gran infamia.

La gran infamia que se mimetiza -a veces, cruelmente- con una movilización legítima, respetuosa por la vida humana y por sobre todo, por la justicia.

*Foto de Portada: Alina Leal/Our Voice

*Fotos restantes: Antimafia Dos Mil