"Los restos de Ricardo esperan hoy para reencontrarse con su familia, con su hijo que, por tantos años lo ha buscado" tal el último párrafo del comunicado del colectivo Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos (Famidesa) a propósito de la confirmación, despues de 16 años, que los restos hallados por el Equipo Argentino de Antropología Forense, en el Cementerio Santa Mónica de la ciudad de Merlo, en la provincia de Buenos Aires, en el año 2009, pertenecían al ciudadano uruguayo Ricardo Altamirano , víctima del terrorismo de Estado argentino, dado como desaparecido en 1976. En los últimos días la noticia fue difundida por los medios argentinos y uruguayos, y el eufemismo del “reencuentro con su familia” nos genera rabia y dolor, porque las circunstancias en que Altamirano halló la muerte, ponen una vez más sobre el imaginario popular el grado de criminalidad que tuvo la dictadura militar, eclesiástica y empresarial en el vecino país, en el marco de la ejecución del tenebroso Plan Cóndor, que involucró impúnemente a las fuerzas represivas de Uruguay, Argentina, Paraguay, Brasil, Chile y Bolivia, con un saldo de muerte y desaparecidos, estremecedor. Hoy por hoy, el hallazgo de restos de uruguayos desaparecidos, que han sido enterrados clandestinamente en predios del Ejército uruguayo, es una más que dramática asignatura pendiente, que consterna a todos, no así a los integrantes de la casta militar y los elementos afines que hacen parte de la casta política uruguaya, cuya recurrente postura del negacionismo y de la omertá respecto a los enterramientos, sigue siendo una obscenidad constante, visible a la vista pública, y en el marco de una insensibilidad humana, indignante, alevosa y patética.
En vida, el uruguayo Ricardo Altamirano, nacido en la ciudad de Mercedes, en 1934 emigró a la Argentina en los años 70, en busca de trabajo, y aunque se desconoce que “tuviera militancia sindical o política”, el día 25 de agosto de 1976 fue secuestrado por un grupo de tareas y desde ese momento fue dado como desaparecido.
En ocasión del hallazgo de sus restos en una tumba NN junto a otra persona, en la necrópolis Santa Mónica, se constató que ambos presentaban un disparo de arma de fuego, cada uno en el cráneo; con posterioridad a este episodio de recuperación de sus restos, en 2009, se iniciaron las correspondientes pericias genéticas para definir su identidad, lo que finalmente permitió llegar a la conclusión -cotejos con muestras aportadas por su familia, de por medio- que se trataba del compatriota Ricardo Altamirano.
Allá en la Argentina, los no pocos restos de desaparecidos mayoritariamente de ciudadanos nacidos en ese país, fueron hallados e identificados progresivamente; en el Uruguay, a 52 años de la dictadura militar, a sabiendas de que los enterramientos están ubicados en predios militares y que solo los integrantes de las filas castrenses y algunos civiles saben perfectamente las respectivas ubicaciones, solo fueron hallados restos de siete detenidos desaparecidos; la omertá predominó entre quienes se vieron involucrados en esas atrocidades -no solo de los enterramientos, sino además de los asesinatos de las personas y las torturas a las que ellas fueron sometidas- y en ese contexto la cultura de la impunidad fue y sigue siendo un acontecimiento perverso y muy vigente.
Hace cuestión de pocos días otra vez redoblaron las campanas en el Río de la Plata, anunciando que fueron hallados otros restos, los de Altamirano; es decir, que algo de la dignidad humana, de una persona asesinada (por haberse resistido legítimamente a los dictadores de turno), se ha logrado recuperar y en consecuencia, sus despojos óseos -y perdonen la crudeza de la expresión, porque fue así lisa y llanamente- pudieron ser reintegrados a su nucleo familiar.
Pero cada día que transcurre, entretanto, ese dolor que se siente cuando se sabe que todavía hay cuerpos -unos 161, según establecieron los antropólogos forenses uruguayos- enterrados en cuarteles militares, persiste y nos sigue estrangulando el corazón, en claro contraste, con la insistente y cínica indiferencia de los enterradores (de los cuerpos de nuestros compañeros en resistencia) que todavía caminan entre nosotros por las calles de Montevideo o de ciudades del Interior, como si nada hubiera ocurrido, o peor aún, como si nada hubieran hecho.
Horrendo y doblemente criminal, porque con su silencio y con su impunidad, no hacen otra cosa que enterrarlos por segunda vez, para que sean olvidados. Pero esto no acontecerá, porque seguiremos luchando para recuperarlos a todos, para darles a sus restos digna y cristiana sepultura, y para preservar su memoria.
Y solo ese día se hará realmente justicia, y de verdad.
*Foto de Portada: Subrayado