01AgneseBorsellinoFotoCorrieredelmezzogiornoCorriereItAGNESE Y TODAS LAS HISTORIAS DE PAOLO BORSELLINO, SU ESPOSO, ASESINADO POR COSA NOSTRA

Libro de Agnese Borsellino y Salvo Palazzolo-3 de noviembre de 2013


Por esos días me debatía entre comisarios, generales y altos exponentes de las instituciones. Me invitaban y me susurraban gran cantidad de preguntas. Sobre Paolo, sobre las investigaciones, sobre lo que había hecho después de la muerte de Giovanni Falcone, sobre las personas en las que él confiaba. Me susurraban preguntas en los maravillosos salones llenos de gente importante. Y mientras me preguntaban me parecía como si me estuvieran observando, a pesar de que hicieran otra cosa: comían un bocadillo, bebían champagne, escuchaban el discurso de la autoridad de turno, o incluso bailaban.


02PaoloysufamiliaFotoCorriereDellaSeraAhora lo se. Ahora se porqué me hacían todas esas preguntas. Querían saber si yo sabía, si en los días previos a su muerte me había confiado algo. Y fue entonces cuando muchas de las palabras de mi marido me quedaron claras, muy claras. Empecé a mirar entre sus apuntes. Abrí nuevamente cajones de su despacho. Revisé sus libros. Vagué por la casa, pensando en todos los rincones en los que se refugiaba, como para recordar alguna palabra suya.


Era 1968. Una mañana, mientras iba a la universidad, vi a Paolo que atravesaba la calle y venía hacia mí. «Hola Agnese», me susurró. «¿Cómo estás? ¿Te puedo acompañar? ¿Te gustaría?». Le respondí con una enorme sonrisa. Cuando hablaba, su rostro se movía todo. La boca, los ojos, la frente. Tenía una mímica realmente especial.


Esa mañana me enamoré de Paolo a la orilla del mar. Y él de mí. Era como si nos hubiéramos enamorado por primera vez, a pesar de que cada uno ya tenía su edad. Él veintiocho años y yo veinticinco. Yo le hablaba de mis sueños. Él me contaba sus historias. Recuerdo que estaba vestido con ropa sencilla, casi humilde diría. Un pantalón y una camiseta, nada más. Nunca cambió en este sentido. El día que murió encontraron sus zapatos agujereados. Una colega suya me susurró: «Busca los zapatos del matrimonio, pongámosle esos». Él los había guardado cuidadosamente en una caja. Pero no sirvieron de mucho porque Paolo ya no tenía ni piernas ni brazos, su cuerpo había quedado destrozado por la explosión.


03Octubrede1986PaoloyGiovanniFalconeenlaoficinadetrabajoFotoCorrieredellaSeraAlbundeFamiliaPocos días después del paseo que dimos por el Foro Italico decidimos casarnos. Incluso rápidamente. Esa decisión desencadenó un terremoto. Todos nos trataron de locos “¿Quizás pasó algo?” O bien, ¿Acaso Agnese espera un niño y se casan por ello? Naturalmente con el paso de los nueve meses todos tendrían que entender que no era así. Y en mi pueblo dijeron: “Entonces, fue amor a primera vista”.


* * * Mi amor todos los días salía de casa a las 4 de la mañana y se iba caminando hasta la estación Lolli, que quedaba bastante lejos, para tomar el tren directo a Mazara del Vallo. A las 8 ya estaba en su despacho de Juez de primera instancia. A veces, mientras ya estaba en el tren de regreso a Palermo, llamaban por teléfono a casa para avisar que había habido una emergencia en Mazara. Era lo primero que le decía cuando regresaba, después de haberlo abrazado. Él ni siquiera pestañeaba, no se quejaba. Tomaba un vaso de agua sin ni siquiera quitarse la chaqueta. Me daba un beso y me susurraba con pena: «Nos vemos mañana». Y volvía corriendo a la estación Lolli para tomar el último tren de la tarde.

Un día fuimos invitados a la casa del Senador Enrico La Loggia. Los amigos conversaban y presumían: «Mi padre, el senador»; «Mi padre, el príncipe»; «Mi padre, el profesor universitario».


Vi que Paolo estaba molesto, quedaba claro que no soportaba más. Después de un momento de silencio dijo: «Mi padre era carretero, transportaba heno». Y luego hizo un gesto imitando al caballo. Fui la única que sonrió por la broma de Paolo. «¿Porqué lo hiciste?» le pregunté. «Yo los conozco bien, muchos fueron compañeros míos en la universidad». Eran los mismos que lo habían despreciado porque quizás tenía el abrigo o los zapatos rotos.

04SobreelferetrodeGiovanniFalconeFotoCorriedellaSeraAlbundeFamiliaCuando íbamos a las fiestas mirábamos cómo bailaban los demás. Él se reía como loco, yo protestaba. «Agnese ¿pero tú porqué estás conmigo? Yo no te doy nada de todo esto. No soy el tipo de marido que vuelve a casa siempre a la misma hora, que se pone las pantuflas, que se sienta a ver el noticiero y que a la tarde lleva a su mujer a pasear. ¿Tu sabes porqué estás conmigo? Porque yo te doy la buena nueva». La primera vez que me lo dijo me desconcertó. Me puse a llorar. «Yo te estimulo, te provoco, te doy la buena nueva que está dentro de muchas historias de todos los días. Te contaré todas las historias que pueda. Así la nuestra será una novela que no terminará jamás, mientras viva. La buena nueva mantendrá siempre fresco nuestro amor. Porque el amor hay que mantenerlo fresco».

* * * Paolo era siempre el primero en llegar a la oficina, muy temprano por la mañana, y tomaba uno de los adorados patos de la colección de Falcone. Luego esperaba que Giovanni se diera cuenta. Ojalá, Paolo se divertía simplemente con hacerle surgir la duda: «¿Pero están todos tus patos? ¿Estás seguro?» Esas bromas eran una forma de disipar la tensión. En determinado momento Paolo dejaba un papelito escondido en el despacho de Giovanni: «Si quieres recuperar tu pato me tienes que traer cinco mil liras».


* * * Recuerdo las palabras de Paolo: “Palermo no me gustaba, por eso he aprendido a amarla. Porque el verdadero amor consiste en amar las cosas que no nos gustan para poderlas cambiar”. Esta también era una buena nueva que mi marido me anunciaba todos los días. Porque, a diferencia de muchas otras personas, él creía en el hombre, incluso en el más terrible por su apariencia, como lo son precísamente los mafiosos. Paolo decía a sus acusados, incluso a los hombres de honor: «Vosotros sois como yo, tenéis un alma, como la tengo yo. ¿Y qué tenéis además del alma? Los sentimientos». Ellos le respondían: «Señor Juez, se equivoca, nosotros somos bestias». Un día mi marido convocó a Leoluca Bagarella, el cuñado de Salvatore Riina, que en esa oportunidad se encontraba afuera de las rejas. Se veía que el jefe mafioso estaba particularmente nervioso, hizo incluso el gesto de escupir. El guardiacárcel intervino inmediátamente agarrando las esposas. «Esto es ultraje a oficial público». Pero Paolo intervino: «Espere». Y dirigiéndose al jefe mafioso dijo: «¿Pero tu eres un hombre de honor?» Y el hombre de honor tragó la saliva. Paolo lo dejó afuera de las rejas y sin esposas. Fue un mensaje claro: no te tengo miedo, hasta incluso puedo tener confianza en ti. Creo que en dicha ocasión Bagarella, resentido, dijo: “Il borsello è viscido” (‘El monedero está empalagoso” Frase ofensiva hacia borsellino ndr.)

* * * La última vez que vi sonreír realmente a Paolo fue en la fiesta de Año Nuevo de 1991 en Andalo. Estaba realmente feliz porque habían venido a visitarnos su hermano Salvatore con su mujer y sus hijos. Fue una fiesta, la última para nuestra familia. A lo largo de esas agradables veladas Paolo no se dedicaba sólo a entretener a su familia, de vez en cuando se alejaba para fumar un cigarrillo. Y desaparecía. Luego, después de media hora, lo encontrábamos en medio de una comitiva de jóvenes esquiadores mientras les hablaba sobre Palermo y sobre las gestas del pool antimafia.

Agnese y Paolo recién casados Foto strettoweb.Com

* * * Me acuerdo como si fuera hoy cuando el primero de Julio Paolo volvió de Roma y me dijo: «He respirado aire de muerte». A la tarde había estado en el Viminal, en la ceremonia de asunción del Ministro del Interior Nicola Mancino. Ese día también había interrogado al arrepentido mafioso Gaspare Mutolo, quien le habló de las relaciones que algunos de los hombres de las instituciones mantenían con Cosa Nostra. Sabía que después de Giovanni Falcone le tocaría a él. Lo había entendido. Al punto tal de no querer que lo besara, ni tampoco sus hijos. Nos estaba preparando para la separación. Dos días antes de morir mi marido tuvo un deseo. Me dijo: «Vamos a Villagrazia, solos, sin escolta». No era un marinero experto, pero nadaba perfectamente, porque solo en el mar se sentía libre. Nos encontramos con un amigo que nos ofreció una cerveza. Luego Paolo quiso dar un paseo por la orilla del mar. Y no había sonrisas en el rostro de Paolo, lo único que había era mucha tristeza. «Para mi se terminó. Agnese, no hagamos muchos proyectos. Vivamos al día». Me dijo que no iba a ser la mafia la que decidiría sobre su asesinato, sino algunos de sus colegas y otros los que permitirían que pudiera ocurrir.

Mi amor, estabas resignado. Unos días antes habías llamado al Palacio de Justicia al Padre Cesare Rattoballi, para confesarte. Luego, el sábado, besaste uno por uno a tus colegas más queridos. El domingo, a las cinco, ya no estabas.


Extraído de: "Ti racconterò tutte le storie che potrò" (Te contaré todas las historias que pueda).
Agnese Borsellino con Salvo Palazzolo
(Editorial Feltrinelli, € 18.00, 224 páginas, EN TODAS LAS LIBRERÍAS DE ITALIA A PARTIR DEL 6 DE NOVIEMBRE DE 2013)

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