Historias indebidas, detrás de la trata de personas en Catamarca, Argentina
 
Por Andrés Volpe-19 de junio de 2021

La asombrosa naturalidad con que nos tomamos ciertas libertades de ciudadanos comunes, la mayor parte de nuestras vidas, choca y nos aleja de aquellos que carecen de ellas, porque las han perdido hace tiempo. Realidades que nos pasan desapercibidas hasta que rozan nuestro ámbito familiar, o nos transformamos en fríos consumidores. Estas historias ajenas, historias fantasmas, salen a la luz de vez en cuando, para recordarnos que nuestra sociedad no es del todo civilizada o al menos no es como nosotros pensábamos que era. Hablando mal y pronto, las estadísticas muestran que la demanda de mujeres para fines de sometimiento va en aumento. La justicia, la policía y la política lo saben, y como hacen poco o nada, sus operadores juegan de cobardes, cómplices, malas personas, o quizás en el mejor de los casos de discapacitados morales. Algunas y algunos Quijotes desparramados dentro del sistema intentan poner su granito de arena, con las limitaciones debidamente impuestas.

A través de un diálogo publicado por el periódico Catamarca/12 pudimos conocer un relato que da escalofríos: J.R. tenía tan solo 13 años cuando fue captada por una red de trata de personas con vínculos en el narcotráfico. Fue captada y explotada sexualmente y es recién a sus 21 años que pudo realizar la denuncia de lo que le pasaba.

Su historia salió a la luz después de que el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Catamarca la sobreseyera el pasado miércoles por infracción a la Ley de Estupefacientes y reconociera, luego de 7 años, que no era delincuente sino una víctima de trata de personas.

En el momento de su denuncia tanto la justicia ordinaria como Federal hizo oídos sordos; es más, perdieron su expediente y luego la imputaron por transporte de estupefacientes. En ese entonces llevaba 5 kilos de marihuana en una mochila y una carta con un nombre que entregó a la Justicia. Ella asegura que no existen registros de ese hecho.

J. R. contó cómo es sobrevivir cada día sintiendo el miedo de años de sometimiento y vulnerabilidad, y la impunidad de sus captores, quienes nunca fueron imputados o juzgados por este delito.

La historia no puede contarse sola, y hace un esfuerzo por sacarla a la luz. Recuerda que tenía 13 años y que su mamá y su papá trabajaban todo el día. Su abuela cuidaba de ella y también de sus hermanos. En aquel momento conoció a su captora, Elsa Hidalgo, contó que se había puesto en pareja con un vecino. “Hasta que leí el expediente nunca supe su nombre. Yo la conocía como Natalia”, expresó.

Hidalgo la invitó a que la acompañe a la provincia de Tucumán, para ir a comprar ropa.

J.R. nunca se imaginó cuales iban a ser las consecuencias de esa decisión. De pronto, se encontró encerrada en una habitación, en la casa de un expolicía que estaba en el tráfico de drogas. En ese lugar se encontró con otra joven “tenía 15 y era de otro país, creo que Paraguay. También había sido engañada como yo”, contó.

A partir de ese momento comenzó su calvario. En esa habitación permaneció más de un año. Fue explotada sexualmente y golpeada, sin poder ver la luz del día.

J.R. recuerda sus lágrimas eternas y no llegaba a dimensionar lo que le pasaba.

“Hidalgo me dejó tirada, abandonada con personas realmente malas. Y bueno, ahí comenzó todo. Siempre le agradezco a la Virgen, aunque haya sido una persona de ese lugar horrible -uno de los del narcotráfico- quien me ayudó y me sacó de ahí para traerme a Catamarca”, relató.

Se trataba de un hombre que se habría “enamorado” de ella y fue por eso que pudo “escapar”. Su pesadilla continuó. Cuando llegó finalmente a su casa, su mamá le contó que había denunciado su desaparición, pero le confesó que nunca hubiera imaginado una situación como la que había vivido. La policía nunca la había buscado, suponiendo que aquella niña de 13 años había abandonado su casa porque quería.

La joven vivió con miedo una vez en su casa, escondiéndose todo el tiempo por miedo a que sus abusadores la encuentren ya que conocían donde se alojaba. Por dicho motivo llegó a vivir por unos meses en el hogar para niñas Sipas Huasi.

Las crueldades del destino hicieron que lamentablemente conociera al padre de sus dos hijas cuando tenía solo 15 años. En ese contexto sufrió violencia física y verbal, a pesar de una liviana tranquilidad pensando en que en ese lugar no la ubicarían sus captores. Tras la denuncia pudo escaparse nuevamente de un violento final. El estado intercedió con un plan del programa “Ellas hacen” por encontrarse en situación de violencia de género.

Su situación empeoraría, cuando en la charla de capacitación se encontró nuevamente a Elsa Hidalgo (Natalia), quien la persiguió hasta el cansancio, con amenazas contra sus hijas. “Esta vez no me obligaron a nada sexual, pero me hacían llevar y traer droga a Catamarca. Yo tenía que hacer lo que ella me decía”, contó.

Imaginemos por un momento que una hija nuestra después de haber vivido semejante calvario, y al cumplir apenas 18 años la llevan presa producto del tráfico de drogas. En un procedimiento policial en la localidad de La Merced, J.R. y “Natalia“ fueron detenidas y al poco tiempo liberadas, pero siguieron los hostigamientos, esta vez del expolicía tucumano que la buscaba para que vuelva a llevar droga.

La joven rompe en llantos cuando cuenta como una vez este animal la violó y la golpeó hasta que se desmayó. Cuando finalmente puede recuperar el conocimiento, se encontró con una mochila, 5 kg. de marihuana y una carta dirigida a Alexis Roldán que hoy se encuentra preso por homicidio y abuso sexual, sujeto al que tenía que llevarle el encargo. Cansada de los abusos, llegó a Catamarca y acudió a la Justicia a realizar la denuncia. Entregó el paquete a la división de drogas y fue llamada por los sumariantes de la Unidad Judicial 1.

“Creo que lo detuvieron a Roldán y a su cuñado (el expolicía), pero los dejaron libres después por falta de pruebas. La droga que les di no figura en el expediente. Mi denuncia por abuso y por trata nunca se investigó. Me dijeron que acá no podían hacerlo porque correspondía a Tucumán, pero allá mis captores tienen contactos. Nunca supe qué pasó con esa denuncia. Aquella vez me mandaron a mi casa y me dijeron que no diga nada”, manifestó.

“No sé cómo, averiguaba todo de mí siempre” agregó luego, sorprendiéndose con la impunidad con que estas personas se movían. Dos años después, volvieron a buscarla (2016). Otra vez intentaron que siga con el transporte de droga y la volvieron a detener. Esta vez estuvo 6 meses presa junto a su captora. Cambio de rumbo

“Ahí las cosas comenzaron a cambiar porque conocí a mi abogada –Silvia Barrientos- y ella empezó a ayudarme”.

Barrientos veló por su sobreseimiento. La abogada envió cartas a organismos provinciales y nacionales para pedir protección para su defendida. Recién tuvieron noticias varios años después.

“Diez veces se suspendió el juicio que se iba hacer por el tema de las drogas. Yo estaba imputada junto con Hidalgo y su pareja, por eso la causa estaba agravada por el número de personas”, contó.

Entre palabra y palabra hace una pausa y expresa: “No quiero llorar porque están mis hijas. La psicóloga me dice que trate de olvidar, pero nunca podré”.

Pero su historia no termina ahí. La pesadilla siguió su rumbo. Cuenta que los defensores oficiales le hacían firmar cosas y ella confiaba, que tuvo custodia policial por su denuncia de trata de personas, pero a la vez estaba con prisión domiciliaria por la causa de drogas.

“Me pusieron custodia porque después de que salí de la cárcel ellos volvieron y casi secuestran a mis hijas que estaban jugando en la vereda. Por suerte yo tenía a mi abogada”, exclamó. A tal punto era el abandono del Estado (la dejó sin custodia) que tuvo que mudarse a la casa de su abogada.

Pasado un tiempo volvió a encontrar pareja, con quien hoy sigue estando. “Ya van a ser 5 años que estoy un poco más tranquila. Pero aún no puedo salir de casa sin tener miedo”, se lamenta.

"No imaginaba que me iba a ir bien"

Las palabras 'felicidad' y 'libertad' no encuentran mejor apoyo en lo que expresó la joven cuando contó su sorpresa porque la hayan sobreseído: “Fue emocionante. Me sentí, muy contenta por un lado, pero por otra parte volver a acordarme de todo me puso mal. No me imaginaba que iba a pasar esto, que me iba a ir bien. Aunque lo que más quería era que las personas que me hicieron daño estén presas", contó.

“Lloraba. Me agarró una crisis de nervios y lloré muchísimo. Casi no podía ni hablar, no sentía ni las piernas. Tuve que ir al banco a hacer un trámite y me sentía incómoda con mi libertad. Como tenía prisión domiciliaria desde el 2016 siempre debía pedirle permiso a la policía, para todo pedía permiso y hoy tenía la sensación de que me iban a retar”, dijo.

"Me perdí la mitad de mi vida", finalizó.

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Este es el testimonio de una joven de 27 años que vivió a la merced de criminales, desprotegida, sometida y con miedo, casi toda su juventud.

Aún hoy el miedo impera. Increíblemente los captores continúan pululando por su zona, por lo tanto, debe esconderse y cuidarse, aún hoy. Inconsistencias y disfuncionalidades de una justicia que se hace la burra.

Todavía hoy J.R. recuerda a la chica paraguaya en esa habitación oscura, mira a sus hijas con el amor de una madre que no quiere que vivan lo mismo que ella. Eso no se lo desea a nadie.

La libertad a medias de esta joven es un aliciente ante los cientos de casos de chicas que desconocen su paradero. Sus ganas de vivir y su fuerza para enfrentar los desafíos que le deparan, contagian.

Contagian, ante una población que respira miedo, aún entre los encargados de minimizarlo.

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*Foto de portada: blogs.iadb.org

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