Nuestro país quiere vivir de manera diferente a la que impuso el neoliberalismo con ayuda de las armas. Anhela una democracia con justicia social, una paz entre iguales, una institucionalidad -sujeta al escrutinio popular y a la revocación de sus mandatos- que haga respetar los derechos y deberes de los ciudadanos.

Resulta mezquino –y deliberadamente desorientador- calificar la protesta y rebeldía solo como un “estallido social”. Se han cumplido más de 70 días de un fenómeno social, político y cultural que desconoce a todas las instituciones del Estado. No es un “estallido”, es un proceso insurreccional que ha desfondado la institucionalidad y disipado -con un solo bufido de millones- la falsa imagen del “oasis” del conformismo y la resignación en América Latina.

Esta insurrección no tiene liderazgo reconocido ni un itinerario predeterminado. Sin embargo tiene millones de voces que señalan el rumbo del movimiento: un cambio profundo y definitivo. La demanda que globaliza el conjunto de protestas parciales es una nueva Constitución elaborada por una Asamblea Constituyente. A partir de la cual los chilenos construyamos una nueva sociedad de iguales.

Más de 27 muertos (una cifra estacionaria porque no se dieron más cifras oficiales, como si alguien lo hubiese prohibido, algo que resulta aterrador a la luz de decenas de desaparecidos), centenares de heridos, miles de detenidos y torturados cuesta ya esta lucha. La represión policial ha dejado en claro que los carabineros de Pinochet son los mismos de Piñera.

Es iluso creer que el proceso insurreccional en marcha va a tragarse el engaño de una “Convención Constituyente”, como la que ha fabricado la casta política. Lo previsible es una ola de presión de masas para que la “Convención” rompa sus ataduras y limitaciones y asuma las funciones de una Asamblea Constituyente, depositaria del poder originario. Para el éxito de ese propósito hay que permanecer unidos tal como en el primer día de la insurrección de octubre.

Los enemigos del cambio -con la casta política a la cabeza- intentan dividir y desalentar al pueblo. Se iniciará una guerra sicológica millonaria en recursos para ganar el plebiscito del 26 de abril. La respuesta necesaria consiste en afianzar la unidad social sin sectarismos ni oportunismos. El enemigo común es la oligarquía que pretende convertir la Constituyente en una farsa más de las numerosas que registra nuestra historia.

Debemos confiar en nuestras propias fuerzas. Tenemos el orgullo de pertenecer a un pueblo valiente y rebelde que no permitirá que se vuelva a bloquear su derecho a vivir en una sociedad gobernada por la justicia social, las libertades públicas y los derechos humanos.

A la Asamblea Constituyente corresponde echar las bases de esa sociedad que la esperanza del pueblo mantiene viva desde hace más de un siglo.

Y vimos tanto que no les quedó más que sacarnos los ojos, sin saber que por cada uno reventado por el balín cobarde de la línea armada, cientos se levantarían a buscar el lucero del alba, cientos de cámaras se levantarían a registrar el maltrato, el dolor, la injusticia. Y miles en el mundo lo verían.

La “Convención Constituyente” establece trabas explícitas para la participación de independientes, y simbólicas para la participación de mujeres y pueblos originarios. Pues bien, constituyamos fuera de la élite oligárquica instrumentos pares a los que ostenta el poder. Hagamos, entonces, partidos que agrupen a la ciudadanía. Rompamos con la falacia de los tempranos dos mil de que los partidos están por allá, lejos. O que por ser partidos ya están viciados. Es cierto, la estructura jerárquica de un partido ya obedece a órdenes patriarcales, sin embargo, es el papel lo que requiere dichas estructuras orgánicas.

Si el pueblo mapuche después de resistir la invasión chilena está dispuesto a pararse al lado del pueblo chileno en la búsqueda de la superación del neoliberalismo, aquello es símbolo de una nobleza que debe estar presente en la nueva constitución. Cedamos entonces, mestizos, nuestros espacios.

Pongámoslos a disposición. Y si insistimos, seamos al menos lo suficientemente decentes para estudiar e incorporar los saberes originarios de nuestro país, busquemos cargar en nuestros planteamientos los de la gente de esta tierra. Hemos sido adoctrinados y empujados a resistir dolores y maltratos como, ciertamente, lo es el resultado de la votación respecto de paridad y escaños reservados. Resignifiquemos nuestra existencia y convirtámosla en una que se empodere de la cuesta arriba, que se empodere de las condiciones desfavorables para voltearlas a su favor. Impulsemos y creemos la paridad en las calles, en las asambleas territoriales y sindicales. La paridad existe, y aunque no esté en el papel, estará en la constituyente. Porque si no es con ellas, no será.

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*Foto de Portada: www.resumenlatinoamericano.org 

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