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Por Saverio Lodato-29 de junio del 2020

Sacerdote de frontera, cuando la lucha contra la mafia no estaba hecha de palabras. Y los sacerdotes no se limitaban a los actos debidos y reiterados de su magisterio.

Sacerdote de la hospitalidad, cuando los inmigrantes ya vivían de a cientos y cientos en Palermo de forma permanente, pero aún no se habían convertido en bienes de trueque político por la instrumentalización interesada.

Sacerdote culto, muy dulce, desinteresado, dispuesto a escuchar los problemas de los demás, para luego tratar de resolverlos.

Ayudaba a los "otros" en Santa Chiara, y se podría decir que los ayudaba en su casa, dado que el nombre de Don Baldassarre Meli, quien desafortunadamente nos ha dejado, permanecerá indisolublemente ligado al nombre del corazón de ese centro histórico que gracias a él se convirtió en un enclave de tolerancia, en un refugio para los marginados, en un puerto seguro para negros africanos, los condenados de la tierra.

Me gusta recordar a quien me recibió con los brazos abiertos cuando le manifesté mi intención de hacer una investigación sobre las iglesias de frontera -un libro que titulé "Del altar contra la mafia" y que fuera publicado por Rizzoli 26 años atrás-, sólo un detalle personal, sólo un detalle; pero un detalle sólo en apariencia.

Me di cuenta de que en un cajón de frutas que usaba como mesita de noche en la pequeña habitación que usaba como dormitorio y estudio, guardaba dos libros que nunca se hubiera esperado de un sacerdote: la Autobiografía de Malcolm X y Los Condenados de la Tierra, de Frantz Fanon.

Quizás esta es también la razón por la cual el padre Meli no se escapaba fácilmente diciendo que los negros deberían ser ayudados en casa. Pero este sería otro discurso demasiado largo.


La Isla feliz*

Una misión muy particular

Una joven limpia el piso con un trapo y un balde de agua. A pocos pasos de una estatua de mármol blanco que representa a un "Don Bosco" muy joven y quizás novato. Un joven negro alto y grande como un jugador de rugby, con chaqueta y pantalones vaqueros, gorra y auriculares, le habla en su idioma, sonriendo y balanceándose al ritmo de la música.

A la chica no le gusta, dice "vete a la mierda". El joven negro, al oír la respuesta, abre mucho los ojos y queda casi aturdido. La chica de la limpieza lo señala directamente, se da la vuelta, vacía el cubo en el patio donde "Don Bosco" es testigo de la escena inusual y, dirigiéndose al chico negro que aún no se ha recuperado, sisea con dureza: "Un día u otro te haré blanco".

Tiene la piel muy blanca, se expresa en un dialecto muy cerrado y de niña deben haberle enseñado que no se aceptan elogios de extraños, y menos aún de extraños negros y con auriculares en la cabeza.

Estas son escenas muy raras en Palermo. El lugar donde ocurrió lo que acabo de describir es un lugar encantador, fuera del tiempo y poco conocido: estamos en el antiguo Convento de las Clarisas de Clausura, que sobrevivió hasta principios del Siglo XX con el nombre de Santa Chiara, y luego, en 1920, fue asignado por la Curia a los salesianos. Inicialmente albergaba un instituto para huérfanos de la Primera Guerra Mundial. Hoy parece un gran consulado de todos los países africanos reunidos, una porción del Tercer Mundo trasplantada entre ruinas del Siglo XVI animadas por presencias españolas y francesas, en una mezcla de religiones, cultos y etnias que teóricamente ni siquiera deberían transitar juntos un camino muy corto. ¿Por qué esta visita a Santa Chiara? Debido a que todos los sacerdotes a quienes expuse la idea de este trabajo no hicieron otra cosa que repetirme: “Debes ir a visitar al Padre Baldassarre Meli, hace 8 años que está en Santa Chiara y es el único que se dedica, en cuerpo y alma, al problema de los nuevos inmigrantes. Si no estuviera allí, la vida de estos jóvenes sería, de ser posible, aún más difícil de lo que ya es".

Y ahora, por un momento, dejemos atrás a la mafia. Tratemos de descubrir esta otra cara desconocida de la Iglesia Palermitana, con la conciencia de que no hay riesgo de salirse del tema por la simple razón de que el freno que representa la comunidad de Santa Chiara obstaculiza al crimen organizado en su esfuerzo constante por apropiarse de mano de obra criminal barata. El problema no debe ser subestimado. Hay lugares en la ciudad, horarios, días de la semana, líneas de autobuses, pueblos, rincones perdidos del centro histórico, donde los palermitanos parecen fantasmas, no se los ve y no se los escucha. Si el sábado por la noche se pasea por Piazza Castelnuovo, debajo del palco de música, uno cree estar en una parada de autobús de Mombasa o de Colombo. Hay aldeas, en Partanna o San Lorenzo, donde los coloridos trajes de Ghana o Togo parecen estar fuera de lugar y se podría pensar en un set de filmación. Desde hace una década, Palermo se ha vuelto casi irreconocible .Miles de inmigrantes llegaron desde África y el Extremo Oriente. Un éxodo colosal y constante que ha transformado la cara económica y social de una ciudad que siempre ha sufrido el problema del trabajo. Nadie puede decir exactamente cuántos africanos jóvenes, o cingaleses o filipinos, han terminado adaptándose a los trabajos más humildes y menos remunerados, aquellos que los palermitanos ya no están dispuestos a hacer. Varios miles, dicen en la Jefatura de Policía. Probablemente diez mil, dado el hecho de que muchos, que ingresaron clandestinamente, no tienen permisos de residencia y, por lo tanto, son refractarios a cualquier forma de censo. ¿Están integrados? ¿Son tolerados? ¿Aunque sea soportados? Responder no es fácil. Limitémonos a la crónica. Descubriremos, entonces, que quizás Palermo es una de las ciudades menos racistas de Italia. No hay noticias de golpizas, de latas de gasolina utilizadas para las hogueras bárbaras en nombre de la discriminación racial, no se encuentran cadáveres irreconocibles, como sucede a menudo en Roma o Milán, o en ciertas áreas "civilizadas" del Véneto, en resumen, al menos desde este punto de vista, en Palermo no se respira un aire de violencia. Quizás sea porque Sicilia ha estado durante siglos tan expuesta a la dominación extranjera que ha aprendido a convivir sin dejarse impresionar por lo más superficial, como puede ser, el color de la piel. O quizás porque los jóvenes inmigrantes, tan pronto como llegan a la ciudad, se adaptan muy fácilmente a las costumbres y dialectos locales. El clima es templado para todos, no hay niebla, no nieva, y desde la costa, en los días de sol y de viento, llegan incontaminados los perfumes africanos, o al menos así parece. Quizás porque Sicilia "no es Italia", "no es Europa" o quizás porque, como decían los jóvenes en el ‘68,"Sicilia es el único Estado africano que no ha declarado la guerra a Israel", el hecho es que los jóvenes de color, como en ninguna otra parte de la península, en Palermo pueden sentirse en su casa.

La pregunta entonces es: ¿por qué la joven manda al negro "a la mierda"? Porque desde la coexistencia pacífica, desde el respeto mutuo, desde la tolerancia, que presupone diversidad, hasta la integración racial, el paso aún es muy largo. Cada comunidad vive encerrada en sí misma. Los anglófonos de Ghana tienen poco que decir a los francófonos de Costa de Marfil. Los filipinos son un mundo aparte, porque dado que llegaron antes de los años 90, casi todos tienen su permiso de residencia y, por lo tanto, son ordenados y muy cuidadosos en hacer cumplir los derechos sindicales y la cobertura médica. Las religiones también son un factor de división y subrayan con orgullo su identidad étnica y geográfica. Ninguna comunidad renuncia a sus propias fiestas, funerales y aniversarios. El nigeriano o el niño de Cabo Verde que llega a Palermo ya es esperado por su comunidad, ya tiene sus direcciones y sus puntos de referencia, por débiles que sean. El primer gran problema que tiene que resolver es encontrar un techo, un colchón y una manta. Sólo para satisfacer esas necesidades elementales hay voluntarios y objetores de conciencia que viven en Santa Chiara.

Imaginen una misión cristiana, como tantas que hay en los países remotos de África. Imaginen un edificio colonial, con paredes amarillentas y agrietadas, y mucho silencio, mucho orden y mucha limpieza. Y un patio animado por palmeras y magnolias centenarias, donde hay un columpio para niños.

Imaginen nuevamente el retrato de Santa Chiara vestida de blanco y gris, y la estatua de Don Bosco tan alta como las reproducciones de yeso de la Estatua de la Libertad que los sicilianos atesoran la primera vez que van a Nueva York. Imaginen un póster en color con el primer plano de una niña de Bangladesh, desnutrida, pero con hermosos ojos. Sin embargo, no se está dentro de una misión, aunque esta construcción tenga todo el aire. ¿Y saben por qué? Porque aquí nadie intentará convencerlos de la bondad de la religión cristiana, nadie soñará con convertirlos, y serán aceptados a pesar de ser de fe musulmana o animista. Hay un cartel que nos recuerda que estamos en Palermo. Reproduce las fotos en color de dos niños y dice: "Colletta Salvatore y Farina Mario, niños de Casteldaccia. ¿Alguien los ha visto?". La puerta de entrada, por otro lado, está cubierta con todo tipo de notas y avisos, una especie de gran boca a boca para los inmigrantes que se encuentran aquí. Una nota anuncia una fiesta con música de rap y reggae que se llevará a cabo en una casa privada.

Una docena de jóvenes de color están parados frente a la entrada de Santa Chiara. Encontrar al padre Meli fue muy fácil: pasa toda su existencia dentro de estos muros. Se va a dormir a la una de la madrugada y a las cinco de la mañana ya está de pie. Verifica que todo esté en orden, que no haya estallidos ni enfrentamientos entre los habitantes de la casa, y hace todo lo posible para resolver los mil problemas de una comunidad heterogénea perseguida por la necesidad. Ciento cincuenta niños africanos han encontrado un primer centro de acogida aquí. Las antiguas celdas de las Clarisas han sido adaptadas y con literas fue posible aprovechar al máximo el espacio del antiguo convento.

El padre Meli nació hace cincuenta y un años en Favara, en la provincia de Agrigento. Ha sido sacerdote durante veintitrés años, muchos de ellos pasados entre Mesina y Catania. Llegó a Palermo en 1986 y pronto se convirtió en el párroco de Santa Chiara, tomando el lugar de Don Giuseppe Falzone, que había comenzado a realizar un trabajo embrionario inicial entre los jóvenes inmigrantes del distrito de Albergheria.



La modestia de Don Baldassarre Meli

"Finalmente alguien está interesado en nuestro trabajo. Pero quiero dejar claro que no estoy solo. Muchos voluntarios y otro sacerdote trabajan conmigo, quienes desde el comienzo de esta aventura han optado por hacer todo lo posible para que la vida de estos jóvenes sea más aceptable. Sin ellos este centro no podría existir". La sala en la que me recibió el padre Meli, en la planta baja del convento, está repleta de placas de embajadas y consulados de aquellos países que le agradecen el trabajo realizado a lo largo de los años. Hay diccionarios y mapas, un viejo mapamundi. Como porta clips, el Padre Meli usa un frasco verde estampado con este escrito: “Caldo de carne bovina. Regalo de la CEE a los pobres. 250 gramos". Un sinfín de formas de solidaridad... Solo falta el ventilador y podríamos estar en Tánger o Benarés.

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Él sonríe: "No lo creerá, pero nunca he visitado África ni Oriente. Posiblemente vaya a África el año que viene. Estoy con ellos, vivo con ellos, he aprendido sobre sus problemas, pero no conozco sus raíces. Para mí, hoy, hacer ese viaje no significa tanto satisfacer una curiosidad como tratar de ser aún más adecuado para entrar en su mundo, en su mentalidad". Hay una foto que representa al padre Meli, con un micrófono en la mano, que parece rodeado de una tribu con los disfraces de grandes ocasiones. "Fue tomada detrás de Piazza Bologni, a pocos metros de aquí. Son jóvenes de Ghana. Es la fiesta del funeral de un pariente que murió en el país de origen. Respetamos todas sus costumbres. Justo en estos días ha surgido un problema muy grave. Resulta que un joven está irremediablemente enfermo de cáncer. Pidió que se le permitiera ir a casa. Estamos recolectando, pero el boleto aéreo es muy costoso, entre otras cosas, el uso de la camilla es esencial y las aerolíneas sólo garantizan este servicio a costos aún más altos. Le doy este ejemplo para que tenga una idea de la asistencia de trescientos sesenta grados que tratamos de ofrecer".

"Los primeros meses que pasé en Santa Chiara, entre diciembre del 86 y abril del 87, fueron quizás los más difíciles de mi vida como sacerdote. Ya había tenido una experiencia similar en las zonas más problemáticas de Catania, en Santa Cristina, en Monte Po, en San Giorgio y en Nesima Superiore. Siempre he vivido entre personas de todas las edades y que lo necesitan todo. Y a pesar de ser sacerdote, siempre me sentí muy pequeño. Apenas llegué aquí hubo un episodio de un malentendido entre uno de nuestros operadores y un joven que vino del distrito de Ballarò. No hubo forma de resolver el asunto amigablemente. Ese episodio dejó un rastro de vandalismo y violencia porque el joven de Ballarò llamó a los amigos de su vecindario para participar en la disputa. Durante meses, no pudimos hacer nada más. Una vieja historia, afortunadamente”.

"¿Cómo empezamos a ocuparnos de los inmigrantes a tiempo completo? Con la ayuda de algunos médicos del Policlínico. El Dr. Serafino Mansueto, especialista en enfermedades tropicales, tuvo la idea de abrir aquí una especie de centro de observación para verificar la posibilidad de que la fuerte afluencia de esos países trasladara patologías particulares a nuestros entornos. Muy rápidamente decidimos instalar un ambulatorio médico, una estructura diseñada exclusivamente como un servicio para ofrecer a niños y jóvenes. Tenga en cuenta que todos aquellos que no tienen un permiso de residencia no pueden utilizar la atención médica sanitaria, enfrentan dificultades casi insuperables para obtener medicamentos y corren el riesgo de verse afectados por enfermedades de todo tipo. Aquí, exclusivamente para ellos, todas las mañanas se atiende en consultas de medicina general, dermatología, ginecología, otorrinolaringología y pediatría. Estos jóvenes, viniendo aquí, saben que serán tratados y que tendrán muestras gratis de medicamentos. Así comenzamos a ganarnos su confianza".

Mientras dura nuestra conversación, los muchachos de color tocan la puerta de vidrio, tratando de llamar la atención del padre Meli. De vez en cuando les hacía gestos con las manos para invitarlos a la paciencia. Se resignaron por un tiempo, luego volvieron a golpear. "Me conocen. Y lo más importante que me han enseñado en estos años es a tener un concepto del tiempo muy diferente al de los occidentales. Ahora, si termino atrapado en el tráfico de Palermo, uso ese tiempo para pensar. Quizás tenga que renunciar a hacer algo que había planeado el día anterior, pero mi sistema nervioso sobrevive mejor al estrés...".

El estrés de este sacerdote se explica fácilmente por su cargada agenda. Ya dijimos que duerme cuatro horas por noche. En otras palabras, nunca "desmonta".

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"Esto también fue una elección desde el principio. Después de abordar el problema de la atención médica, nos dimos cuenta de que muchos de ellos a menudo no tenían dónde dormir. Tampoco podíamos resignarnos a la idea de que un trozo de cartón al aire libre fuera una cama. Necesitamos abrir un paréntesis. Es cierto, como usted dice, que nunca se han producido episodios graves de racismo en Palermo. Pero también es cierto que muchos palermitanos se están aprovechando de la situación de estas pobres personas. Alquilan casuchas y tugurios en el centro histórico por grandes cantidades: quinientas, a veces seiscientas mil liras, por una habitación, una cocina y un baño”.

"Si estos inmigrantes desesperados no existieran, nadie viviría en esos establos. Me rebelé contra este chantaje. No podía permitir que estos chicos sobreexplotados, mal pagados y no regulados fueran penalizados por tercera vez, incluso al ir a dormir. Así que en 1990 decidí que aquí, en el convento, iba a haber espacio para todos. Apelamos a la ciudad. Le explicamos que necesitábamos colchones, almohadas y mantas. La rueda de la solidaridad funcionó y todavía funciona maravillosamente hoy. Cuando un residente de la casa logra encontrar un alojamiento civil a precios razonables, se va de aquí, llevando su colchón y su manta a la nueva casa...".

Al principio, los muchachos negros llegaban con dificultad. No todos sabían la providencial dirección de la Isla Feliz. Los pocos que pidieron hospitalidad tuvieron que resignarse a los horarios anteriores. El hotel cerraba sus puertas a las nueve de la noche. Y a las seis de la mañana los invitados tenían que abandonar las literas. Unas pocas semanas fueron suficientes para que la noticia se extendiera por todo Palermo, con el resultado de que grupos cada vez más grandes de personas sin hogar aparecieron en la puerta de entrada de Santa Chiara. Surgió un problema de seguridad pública, como se dice en la jerga burocrática. El padre Meli informó a la Jefatura de Policía de esta gran demanda de camas. Recibió una visita del actual Jefe de Palermo, Dr. Aldo Gianni, que quería ver por sí mismo las instalaciones disponibles y la forma elegida por los voluntarios para aprovecharlas al máximo. Nació de inmediato una relación beneficiosa entre la policía y los religiosos, que dura todavía hoy.

El padre Meli dice: "La gran mayoría de las personas que hospedamos no tienen permisos de residencia regulares. Pero son personas que vinieron aquí a trabajar, a ocuparse, y que intentan por todas las formas ponerse al día lo antes posible. El Jefe Gianni se dio cuenta de la importancia de la función que cubre este centro: ofrecemos un lugar protegido para dormir y eliminamos a los inmigrantes de la calle que, de lo contrario, correrían el riesgo de desbandarse. La presencia de los policías es muy discreta. Realizan algunas comprobaciones de vez en cuando para asegurarse de que todo esté en orden. Es cierto que lo hacen. Pero básicamente no habría necesidad. Nuestros jóvenes son los más interesados en un ambiente de convivencia pacífica”.

"Normalmente albergamos entre cien y ciento cincuenta personas. Si no hubiera autodisciplina, máxima colaboración y sobre todo un gran respeto mutuo, cada noche sería un infierno. En cambio, todo sale bien. Por supuesto: hay oportunidades para fricciones. Pero en más de cuatro años me vi visto obligado a intervenir sólo una docena de veces. Sólo para estar presente, evitando delegar responsabilidades que podrían ser gravosas, siempre elegí dormir dentro del centro. Los muchachos están entusiasmados con nuestro trabajo, agradecidos. Entienden perfectamente los esfuerzos que hacemos para ofrecerles al menos un sueño profundo, sin ninguna otra preocupación, sin otros problemas, más allá de los que ya los atormentan lo suficiente durante el día”.

"Siempre hemos rechazado la hipótesis de un número cerrado. Tampoco establecemos límites de tiempo para la estadía. El antiguo convento de las Clarisas es muy grande. Si queremos, y con el tiempo lo haremos, podríamos crear nuevos dormitorios donde podamos organizar otras literas. Como dije, los palermitanos nunca retrocedieron cuando pedimos contribuir con generosidad donando colchones y mantas. Desde hace algunos años hemos decidido cambiar el horario de cierre a las 11 de la noche. Muchos de estos jóvenes, de hecho, trabajan hasta tarde en barrios y aldeas muy distantes de aquí”.

"Hay muchos que trabajan en los pueblos, en Bagheria, en Casteldaccia o en Termini Imerese. A menudo, viajando en autobuses que salen y llegan regularmente tarde, corren el riesgo de pasar la noche a la intemperie. Las 11 es un buen horario para todos. Evitar imponer un número cerrado, fue una verdadera cuestión de principios. Siempre he visto en ese chico negro que viene a nosotros, frío y asustado, pidiendo asilo, una señal que Dios quiere darnos de su presencia. ¿Cómo se hace para decirlo siento, está todo completo?".

"Se habla mucho sobre las condiciones de vida de los animales. Se dice que debemos hacer todo lo posible para que no sufran. Son buenas resoluciones. Pero no le oculto que hay un anuncio que siempre me causa cierto nerviosismo. Es aquel en el que se ve a un niño que toma un sobre lleno de dinero y lo pone en la boca de un perro. Es extraño que nadie piense en luchar con la misma imaginación y efectividad televisiva por la afirmación de los valores de la solidaridad. Cuando veo a nuestros jóvenes, cuando pienso en las condiciones de vida a las que deben someterse para sobrevivir de alguna manera en nuestra ciudad, nunca puedo evitar preguntarme cuáles serán las condiciones de vida en sus países de origen, para decidir, a pesar de todo, vivir en Italia. Son personas que tienen derechos, por el sólo hecho de que son personas. Y merecen vivir mejor que los animales... ¿nuestra receta? Una gran apertura de corazón. Intentar ayudarlos no sólo por la noche, sino también durante el día".

¿Qué va a pasar en Italia?

Es por eso que Santa Chiara se parece mucho a una Secretaría General. Los chicos de color reciben aquí la correspondencia, las llamadas telefónicas. Conservan sus bienes: desde el pasaporte hasta la bolsa para algún cambio de ropa. Es una estructura que le cubre las espaldas. Por supuesto, en la medida de lo posible. ¿Estás buscando una casa a un precio asequible? Sin duda hablarás de eso con el padre Meli. ¿Te pidieron un alquiler altísimo? El padre Meli u otra persona de Santa Chiara tratará de persuadir al propietario de que se puede confiar en ti y hará todo lo posible para convencerlo de que modere sus pretensiones. ¿Estás mal pagado por el trabajo que haces?¿No quieren pagarte el aguinaldo? ¿No quieren reconocerte los días feriados? La "misión" no permanecerá insensible. ¿Tienes problemas legales? Te pondrán en contacto con un abogado. Según los espacios y el tiempo disponibles, también intentarán contribuir al crecimiento de tu conciencia de marginado, explotado, inmigrante. Hay sacerdotes que hablan inglés y francés y que regularmente celebran asambleas sobre temas políticos y culturales. Solo en el último período, por ejemplo, los muchachos de color han pedido y obtenido discutir extensamente la nueva situación política que ha surgido en Italia. Existe una preocupación generalizada: ¿se impedirá definitivamente el acceso de los inmigrantes a nuestro país? Y si se verifica esta posibilidad, ¿qué decidirán las autoridades para todos aquellos que ya viven en Italia pero que todavía están atrapados en la condición de inmigrantes ilegales? ¿Serán considerados indeseables pronto? En Costa de Marfil o en las islas de Cabo Verde, Togo e incluso Sudán, ahora hay miles y miles de familias que siguen con inquietud el caso italiano: las remesas de familiares que viven en el extranjero son de hecho una fuente primaria para su propia supervivencia.

Hemos dado una imagen realista, aunque parcial, de las muchas actividades de la Isla Feliz. Pero están las derrotas, los objetivos difíciles de lograr, las hostilidades del vecindario con el que el padre Meli a menudo se ve obligado a medirse. Escuchemos nuevamente: "Nuestro mayor arrepentimiento proviene del hecho de que no podemos alojar a mujeres y niños por la noche. No hay condiciones para crear dormitorios separados. Esto significa que los hogares están, de hecho, divididos. Lamentablemente, no creo que podamos resolver este problema pronto. No es casualidad que en los últimos años el fenómeno de la prostitución de las mujeres negras haya comenzado a extenderse en Palermo. Y no es casualidad que en algunas ocasiones nos hayamos visto obligados a poner a personas de color o de Palermo en la puerta, interesados en rondar por Santa Chiara para implementar pequeñas formas de tráfico de drogas. Lo notamos de inmediato. Terminamos sabiendo casi todo sobre estos tipos”.

"Tan pronto como nos damos cuenta de que alguien es más elegante de lo habitual, que no tiene dificultades de dinero, que quiere ser el jefe de todos los demás, y sabemos que no tiene trabajo, no se tarda mucho en comprender que se ha convertido en parte de algo no recomendable. Cuando ocurren estas situaciones, mantenemos nuestra atención particularmente alta. Cuando se presenta la oportunidad, con gran discreción, sin crear alarmismo, buscamos el diálogo. Señalamos a estos jóvenes que con su comportamiento no sólo corren el riesgo de llegar a un callejón sin salida, sino que corren el riesgo de comprometer el equilibrio de toda la comunidad. A veces el diálogo logra el objetivo. A veces no. En esos casos, la única opción posible es una elección drástica: debemos alejarlos del centro. Y a veces tuvimos la satisfacción de verlos regresar después de haber decidido, independientemente, volver al camino correcto”.

"Otro problema con el que a menudo me veo obligado a lidiar es con la incomprensión de algunos habitantes del vecindario. Hacen circular un rumor que logra tener cierta atención, incluso si no tiene fundamento. Dicen: el padre Meli se dedica solo a los jóvenes inmigrantes y descuida a los habitantes de Santa Chiara. Es absolutamente falso. En la medida de lo posible, trato de no escapar de ninguno de mis deberes. Pero el hecho es que detrás de ese lugar común se encuentra una forma serpenteante de racismo, aunque afortunadamente inofensiva. Yo lo llamaría una forma de celos: muchos feligreses afirman tener una especie de exclusividad sobre su párroco... ¿Verdadero racismo? Yo diría que no. A pesar de que se han producido dos palizas. Un tunecino y un joven de Costa de Marfil fueron las víctimas. El primero trabajaba en un restaurante: lo golpearon hasta hacerlo sangrar por haber llevado un plato demasiado salado a un cliente”.

"Sé con certeza que no fue él. Pero el verdadero culpable, un camarero de Palermo, para evitar ser descubierto, había organizado la golpiza junto con un grupo de amigos, descargando definitivamente la responsabilidad sobre el joven tunecino. El segundo fue amenazado de muerte por la familia de un niño del barrio: se sospechaba que el joven de Costa de Marfil había cometido actos obscenos. Si no lo hubiera conocido personalmente, si no hubiera hablado con él durante mucho tiempo sobre lo sucedido, tal vez yo también podría haber tenido algunas dudas. No se trata de defender a estos jóvenes a toda costa. En cambio, es cuestión de comprender que, en una realidad perturbada como la del centro histórico de Palermo, estos inmigrantes se convierten en el pararrayos ideal para todo lo que pueda suceder. Si el culpable no se encuentra, es muy fácil inventarlo. ¿Y quién está dispuesto a levantar la mano para defender a un negro culpable?”.

Pido visitar La Isla Feliz. Para conocer las habitaciones, los dormitorios que se han convertido en la residencia habitual de muchos jóvenes que llegaron a Italia con el espejismo de un trabajo garantizado. El padre Meli se complace en mostrarme los resultados que han logrado y la clínica que, por higiene y funcionalidad, puede envidiar fácilmente a todos los hospitales de la ciudad. Me presentan a algunos de los jóvenes que sonríen con emoción escuchando las dulces palabras del sacerdote. Entramos en los dormitorios. Dado que ahora es la hora del almuerzo, algunos huéspedes de Santa Chiara comen utilizando las cocinas colocadas en los balcones. Las camas están ordenadas. Las mantas son todas de diferente color. En algunas paredes están las fotos de los líderes políticos de muchos países africanos desconocidos para mí. En un cajón de frutas, utilizado como una mesita de noche rudimentaria, hay dos libros que llevan nuestra memoria muchos años atrás. De hecho, son la Autobiografía de Malcolm X y Los Condenados de la Tierra de Frantz Fanon. ¿Quién hubiera pensado que los textos sagrados del líder negro que creció en los ghettos estadounidenses y que predicó la ruptura y la revuelta contra el mundo de los blancos, y los del intelectual martinico que luchó por la independencia de Argelia terminarían, muchos años después, en la mesita de noche de un antiguo convento salesiano?

Pero el descubrimiento más sorprendente que se hace en Santa Chiara es otro. Ya habíamos mencionado esta misión singular en la que el culto católico no se privilegia respecto a la observancia de otras religiones. Es así que el padre Meli, antes de irse, quiere mostrarme la capilla del convento y la mezquita islámica. Sí. La mezquita, con versos del Corán y las alfombras para la oración.

"La abrimos porque es el culto de los jóvenes árabes que expresaron el deseo de continuar profesando su religión. No encontramos nada extraño en esta solicitud. Tampoco parecía correcto, a cambio de una cama, solicitar conversiones apresuradas. Aquí estamos todos convencidos de que la religión, cualquiera que sea, ayuda al hombre a vivir mejor. Le ofrece un ancla para aferrarse en tiempos de dificultad. Y como puede ver, la pequeña mezquita y nuestra capilla se encuentran a la entrada del convento, una a la derecha y otra a la izquierda. Los que entran aquí son libres de elegir la dirección que prefieran".

¿Hace el Estado italiano por estos jóvenes inmigrantes un centésimo de lo que hacen estos voluntarios, objetores de conciencia, estos médicos, estos sacerdotes? Esperemos, al menos, que no decida enviarlos de regreso a su país.

Queríamos abrir este largo paréntesis, dejando temporalmente el tema de la lucha contra la mafia, para darnos una idea de cuán amplio, en el frente social, es el compromiso del clero de Palermo.

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(*)Del libro: "Del Altar contra la Mafia. Investigación sobre iglesias de frontera", Rizzoli (1994), de Saverio Lodato

*Foto de Portada: www.ilsicilia.it

*Foto 2: www.iberlibro.com

*Foto 3: www.inforas.org

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