claudio rojas clPor Claudio Rojas G. desde Chile-16 de diciembre de 2019

En los últimos meses se ha reconocido que tenemos en Chile más de 500 mil jóvenes que no estudian ni trabajan, por diferentes razones, realidad que se ha convertido en el caldo de cultivo de la delincuencia común y del narcotráfico. Así, hay miles de jóvenes que deambulan sin ninguna expectativa ni esperanza porque el sistema los entregó a su suerte. No tienen nada que hacer. Juntarse en Plaza Italia al momento de las manifestaciones recientes -decía un adolescente que habita en hogares del Sename, entrevistado por “The Clinic”- es una manera de sentirse parte de algo. De otro modo no tienen nada que hacer. Estos jóvenes se han unido a las protestas porque acumulan rabia y desesperanza, a veces van a descargar la ira de la impotencia; la rabia contra el abuso; los sentimientos del excluido. Ellos han dicho que …no tienen nada que perder, nunca han tenido nada y sólo han conocido el horror en su infancia, nunca tuvieron un hogar; y ahora sienten que aportan algo, pertenecen a algo, y tienen lo más parecido a un hogar en la protesta callejera, cual es el espíritu de fraternidad increíble que existe en las movilizaciones, y, las personas que los cuidan, en el sentido que los alimentan-existen una serie de mujeres pobladoras voluntarias que les preparan comida y aquellos voluntarios de la salud que les proporcionan primeros auxilios médicos cuando los requieren. Muchos de ellos forman parte de la “primera línea”, que son los jóvenes más osados y valientes que impiden que las fuerzas represivas llegan a la inmensa mayoría movilizada, de manera tal que puedan expresarse y protestar sin ser brutalmente reprimidos.

A ellos se suman estudiantes sin perspectiva; trabajadores ocasionales y, de manera más pasiva pero no menos comprometida, los millones de pensionados que perciben ingreso que lo les alcanzan ni para pagar los medicamentos del mes.

La ira popular está desatada, porque recién empiezan a sincerarse las cifras de los más de 25 mil pacientes que mueren al año esperando ser atendidos por los hospitales públicos, así como por la imposibilidad de acceder a ciertos medicamentos.

Algunos años atrás estalló también el escándalo de las precarias condiciones en que sobrevivían e iban falleciendo los niños desamparados bajo el supuesto cuidado del Servicio Nacional de Menores (Sename), realidad que fue deliberadamente ocultada por los gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría, pero que finalmente fue descubierta y denunciada por los medios de comunicación. No hay una cifra oficial, pero nadie se atreve a discutir que fueron más de mil los niños los que murieron solo entre 2015 y el 2019 bajo el cuidado del Estado. A causa, por cierto, de las negligencias de sus “protectores” y los malos tratos recibidos, en que los casos de tortura se evidenciaron abundantemente. Además de aquellas denuncias que le atribuyen al Sename haber amparado el tráfico de órganos.Instituciones privadas con vinculaciones con los partidos oficialistas descubrieron que hacerse cargo de las diferentes guarderías infantiles con presupuesto asignado por el Estado resultaba también un excelente negocio.

En el país de mayor crecimiento de la Región, que provocaba la admiración de nuestros vecinos y hasta de las naciones más desarrolladas, no se sabía – o no se quería aceptar- que el crecimiento económico nuestro era un gigante con los pies de barro de la inequidad. Lo cual demuestra que, más que la pobreza, es la desigualdad la que atenta contra la paz de las naciones.

Sin ignorar, tampoco, el saqueo fiscal y bancario en contra de los estudiantes. De esos cientos de miles de jóvenes que seguirán endeudados por varias décadas más, si es que no se les condona lo que deben.

Imposible pasar por alto la violencia ejercida por el sistema todavía vigente contra los sin casa o los deudores hipotecarios, estrangulados por los usureros créditos bancarios. La violencia que significa que el sueldo recibido por millones de trabajadores no les alcance para cubrir los gastos más esenciales, como lo hemos podido constatar en esos estremecedores testimonios de ancianos, viudas, pensionados, como de tantos jóvenes impelidos a delinquir para comer y llevar algo a casa.

Como si no fuera terriblemente violento, también, el constante atentado en contra de la soberanía nacional, mediante la inicua explotación de nuestros recursos naturales, el saqueo cotidiano de millones de toneladas de cobre, litio y otros productos arrancados desde las entrañas de nuestro territorio. O los mismos incendios provocados, como ya señalamos, en nuestras reservas forestales a fin de proveerle terreno a las empresas constructoras y a aquellas que buscan reforestar nuestro paisaje con especies de mayor y más rápida plus valía, sin importarles si éstas agotan los manantiales y aguas subterráneas en desmedro de la agricultura y del agua potable en tantos pueblos y ciudades del país.

Ciertamente que impacta y duele ver un templo en llamas o la destrucción de monumentos patrimoniales, pero todo eso se puede volver a reconstruir o reparar.

Qué duda cabe que la promesa de un plebiscito o de una asamblea constituyente (con leoninos quórum para aprobar cualquier cambio sustancial de la actual Carta Magna) lo que más busca es apaciguar las demandas sociales y convertirse en un placebo para los ansiosos de cambio. ¡Qué violento contubernio es el ejecutado por el Ejecutivo y los parlamentarios para, en cosa de horas, levantar un acuerdo y prometer una agenda social que ha sido burlada o postergada por tanto tiempo! Si hasta tenían preparado aquel enorme lienzo blanco que cubrió la plaza Baquedano (hoy de la Dignidad) para hacernos creer que la batalla terminaba y que el orden se restablecía. Desconociendo el hecho de que la protesta no solo se alzó contra el Gobierno sino contra toda la indolente clase política.

Por ello que abandonar la calle y “volver a la normalidad”, como se nos sugiere, sería realmente fatal para un país que merece mayor equidad y una paz fundada en la justicia y no en la quietud de los cementerios. ¿O es que acaso algún cambio de época y transformación en la historia de los pueblos no ha supuesto la ira popular y episodios inevitables de insurrección?

Es inaudita la hipocresía de quienes hoy apelan a un armisticio exigiendo que los humillados por el sistema abandonen sus protestas, piedras y palos, mientras los policías disparan con armas letales a los manifestantes y les arrancan los ojos a los jóvenes.

De allí es que tantos desconfíen de que la derecha y la clase política encantada por ideas autoritarias y neoliberales vayan realmente a consentir con una asamblea popular que le ponga fin a sus privilegios y cambie drásticamente nuestra historia.

¿Es que acaso Piñera pactó con el pueblo y sus organizaciones tan alto despropósito para sus seguidores y representados?

¿Es que existe algún antecedente en Chile y en el mundo en que los acuerdos de paz se firmen solo entre los mismos aliados?

No hay más remedio que seguir movilizados. Más, todavía, cuando el Ejecutivo y el Parlamento no han aprobado ningún cambio sustantivo a la economía, la distribución del ingreso y la recuperación de nuestro patrimonio soberano. Ni siquiera paliativos a las situaciones más críticas en materia tributaria, de salud, educación y previsión social. Cuando, a propósito de la crisis económica que se augura, el gobierno ofrece un reajuste a los trabajadores del sector público que ni siquiera alcanza la pérdida del poder adquisitivo en el último año.

Esperar por los cambios que nos proponga la clase política, o confiarse a la posibilidad de un texto constitucional democrático sea realmente aprobado por el pueblo, sería demasiado crédulo, incauto e irresponsable.

¡Porque ya los conocemos y sabemos cuántas veces han traicionado a la Patria!

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*Foto de Portada: www.versionfinal.com.ve