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lodato500EL CARAVANSERRALLO CONTRA NINO DI MATTEO

Por Saverio Lodato - 20 de Julio de 2014
Nino Di Matteo no desarrolla una actividad política, no ha dado vida a una lista electoral, participa en eventos públicos en un promedio de dos veces por año, es decir, en ocasión de los aniversarios de los atentados de Capaci y de Via D’Amelio, y los demás 363 días, incluidos los domingos, queda sumergido en sus expedientes, entre los interrogatorios, las audiencias judiciales, los turnos de rutina, dividiendo su existencia entre un despacho blindado y una vida familiar blindada, y – pero esto no nos es dado a saber – si es de fe católica, encontrando incluso algún minuto para elevar un par de oraciones al buen Dios, de quien necesitaría realmente una amigable cercanía.

Nino Di Matteo es un magistrado antimafia de Palermo, es – pero por otro lado no se puede ser perfectos – un Fiscal al que le ha tocado, por la fuerza investigar sobre un maloliente affaire, el de la Tratativa Estado-mafia, que ve implicados a hombres del Estado, a hombres políticos, a altos cargos de los carabinieri, junto a mafiosos de análogo alto linaje. Y todo condimentado con una especia, indigesta para muchos italianos como el aceite de ricino, de un puñado de llamadas telefónicas entre el Jefe de Estado, sus asesores y precisamente uno de los imputados - Nicola Mancino – que ha sido de todo: Presidente del Senado, Ministro del Interior, vice Presidente del Consejo Superior de la Magistratura, pero que hoy no es más que un imputado. Es por ello que decíamos que el affaire es “maloliente”. Pero volvamos a Di Matteo. Sobre cuya cabeza, no lo olvidemos, pende la condena a muerte lanzada, en nombre del Estado-mafia y de la mafia-Estado, por Totò Riina.

¿Qué tendría que hacer Di Matteo en estas condiciones? Elevar los brazos al cielo cuando se encuentre con nombres importantes que jamás tendrían que haber aparecido en una investigación? ¿Tendría, como Fiscal, que pedir la absolución para los imputados porque el affaire ha aumentado mucho de volumen? ¿O como muchos otros tendría que pasar a formar parte del pintoresco caravanserrallo de los que alaban la bondad de una Tratativa porque fue llevada a cabo “para hacer el bien”? ¿O, de una forma más simplista, despojarse de su túnica y encaminarse a vivir una serena vejez en un atolón polinesio? ¿O convertirse en cura?

Algo seguro es que – y esto es algo que todos han comprendido perfectamente – Di Matteo, y sus colaboradores, Roberto Tartaglia, Francesco Del Bene, y el coordinador, Vittorio Teresi, y el jefe de despacho, Francesco Messineo, no han dado a entender que tienen intenciones de encerrarse en un convento o de pedir asilo político en algún Centro social para Fiscales Irredimibles. Y esto, para Giorgio Napolitano, jefe de Estado, y para el caravanserrallo que se desplaza ruidosamente como su séquito (fanfarria de los medios masivos de comunicación, hombres de las instituciones, políticos) sigue siendo el gran problema. Intentemos explicar porqué.
En la patraña de que los Fiscales “no tienen que hacer política”, fomentada para dejar fuera de juego y fuera de la carrera a Antonio Ingroia, en vísperas de las últimas elecciones políticas, ya nadie cree. Era una evidente falsedad. Ingroia molestaba “personalmente” a Napolitano, ya que por razones de trabajo había escuchado las llamadas telefónicas que el Jefe de Estado había mantenido con Nicola Mancino, y por consiguiente al caravanserrallo, precisamente porque había investigado sobre la Tratativa hasta el día antes de presentarse a las elecciones, y tenía toda la intención de caracterizar ampliamente su lista política con la opción “antimafia”. Habría sido incómodo, más que embarazoso, encontrarselo sentado en Montecitorio.
Lo demuestra el hecho de que apenas unos meses más tarde, la lista Tsipras, que también se movía dentro del análogo target electoral de “Rivoluzione civile” (Revolución Civil de Antonio Ingroia), tuvo via libre del caravanserrallo ya que se mantuvo prudentemente alejado del tema de la “antimafia” y de candidaturas que pretendieran dar importancia a esa opción. Por otro lado el hecho de que los magistrados “no tienen que hacer política” es una verdadera patraña queda probado hoy precísamente por la presencia de Piero Grasso, Presidente del Senado; Piero Grasso que hasta el día anterior a convertirse en Senador del PD, ocupaba el cargo de Procurador nacional antimafia.

Haciendo una conclusión sobre este punto.
Lo que no le gusta, lo que le resulta antipático e indigesto, lo que hace erizar los cabellos de la cabeza a Napolitano y al caravanserrallo, no son los magistrados que se vuelcan a la política, sino los magistrados que investigan. Y especialmente los que investigan demasiado y que llegan muy alto; los que han dejado de mirar el dedo habiéndose dado cuenta de que desde hace tiempo también está la Luna; los que han hecho propio, como slogan de su trabajo, el verso de Dante Alighieri que dice así: “No sin razón por el infierno vamos”. Y – pero esto es algo que agregamos nosotros – en Italia no es que escaseen las “razones” para “ir al infierno”.
El otro día Nino Di Matteo en Via D’Amelio habló francamente de Paolo Borsellino y del contexto estatal e institucional que 22 años más tarde - ¡22 años más tarde! – sigue impidiendo que los ideólogos y los ejecutores sean entregados a la justicia. Nino Di Matteo le dijo apertis verbis al caravanserrallo que a él no le interesa para nada hacer carrera gracias al argumento de sus investigaciones; si así hubiera sido se habría abstenido de llamar firmemente en causa al Jefe de Estado y en los términos en los que lo hizo.
Y a este último (al Jefe de Estado) es a quien le correspondería el derecho a réplica. Las bellas almas de la izquierda se mantendrán alejadas de un argumento tan incómodo y repugnante. Las de la derecha, ni que hablar. El Primer Ministro Matteo Renzi, que además, como Dante, es de Florencia, no tiene la menor intención de “ir al infierno”.

Giorgio Napolitano, si se nos permitiera darle un buen consejo, tendría que ir a la estación Termini, de Roma, tomar el primer tren para Palermo, y presentarse para ser interrogado por la Corte, presidida por el Juez Alfredo Montalto, que investiga sobre la Tratativa. Quedaría muy bien frente a todos los italianos. Incluso el caravanserrallo, finalmente liberado de la responsabilidad de defender hasta el infinito una causa indefendible, estaría por completo en la estación, todos aplaudiendo. Los cronistas registrarían incluso alguna que otra lágrima de emoción por parte de algún director de periódico de izquierda.
Foto © Paolo Bassani

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