Ahora, es demasiado fácil entender el porqué de que a esta gentuza no le guste que se conozcan los actos judiciales y las escuchas telefónicas. ¿Pero cuánto pueden molestar el rostro o el nombre de uno u otro magistrado? Pregunta ingenua: además de bribones, estos aquí son incurablemente mediocres. Saben que no tienen una reputación, una credibilidad, una respetabilidad. Su cara tiene el mismo prestigio que su culo. Nadie cree en su palabra, continuamente desmentida, rectificada, desdicha, traicionada. Pueden sobrevivir solo si quienes están a su alrededor son como ellos o peor. Si surgen figuras acreditadas y populares, estas se convierten inmediatamente en una amenaza para toda la banda. Porque luego, cuando hablan la gente les cree. Y si critican a la banda, ésta sale inevitablemente con los huesos rotos. A pesar de las amenazas, las agresiones, las calumnias y las caídas internas, la magistratura todavía conserva un consenso que ronda el 50 %, mientras el de la clase política languidece alrededor del 10. Si un magistrado o un ex magistrado, mejor todavía si lleno de honores por la lucha en contra del terrorismo y/o la mafia, y/o la corrupción, como Caselli, Colombo, Borrelli, Greco, Davigo, Scarpinato, Ingroia, Spataro, Maddalena, Almerighi, dice que una ley es una porquería y explica las consecuencias nefastas para la seguridad de los ciudadanos, éstos le creen a él y no a los Al Fano, Ghedini, Cicchitto, Gasparri, gente que basta con mirarla a la cara para reírse a carcajadas.
Hace veinte años, cuando Falcone y Borsellino hablaban, había muy poco que discutir: no porque fuesen infalibles sino porque se habían conquistado el prestigio en el campo. Entre un Falcone y un Carnevale, la gente no tenía dudas: uno era famoso por haber arrestado al Gotha de Cosa Nostra, el otro por haber anulado cientos de condenas de mafiosos. Los jueces de la P2, aquellos de los puertos de la niebla, en cambio, eran maestros del encubrimiento y estaban serenos justamente gracias al silencio cómplice de la prensa del régimen. Cuando sus nombres terminaron en los periódicos tuvieron que partir en retirada. Es por esto que Gelli, quien veía más allá, quería borrar los nombres de los unos y de los otros de los periódicos. Para esto su digno alumno que ha superado al maestro (venerable), hoy quiere borrar los nombres y los rostros: ¿por qué confundir a todos los jueces? aquellos que investigan y aquellos que encubren en unicum gris e indistinto. Es la misma lógica que está detrás de la legitimación de periodistas libres y populares como Montanelli y Biagi (“convertido al comunismo”), de escritores inorgánicos y muy queridos como Saviano y Camilleri (“crean mártires por dinero”), de actores y directores anti-régimen (“vagos pagados por el Estado”) y de los rostros más conocidos de la televisión (Santoro, Dandini, Fazio, que desacreditar con sus remuneraciones en los titulares del final). El poder de los mediocres está sobre el filo de una crisis de nervios y en pleno síndrome de Salieri (tanto por decir, aquel era un flor de músico) de frente a los Mozart de la magistratura, del cine, del arte, de la literatura, del periodismo. Les advierte como una amenaza, porque sabe que cuando el Menzognini (director del Noticiero nacional TG1) de turno no logra tapar los dichos, la gente los escucha. En el fondo es una buena señal: esta gentuza está fumada.

Il Fatto Quotidiano- 13 de junio de 2010 

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