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¿QUE HACEMOS EN AFGANISTAN?
De Massimo Fini

afganistanDespués del atentado talibán que ha costado la vida de dos militares nuestros y que ha herido gravemente otros dos, el ministro de la Defensa italiano Ignazio La Russa se ha apresurado a aclarar que “no se ha tratado de un ataque a Italia”. Claro, en la columna de 130 medios que transportaba 400 hombres había americanos, españoles y soldados de otros nueve países que, en la región de Herat, ocupan Afganistán.

Ha sido un ataque a la OTAN. Pero reaflora la retórica, típicamente fascista, de los “italianos buenos” que, al contrario de los demás, saben hacerse querer por la población que en consecuencia no se las toman con ellos. Estupideces. Los italianos son odiados exactamente como todos los demás ocupadores, con la excepción negativa de los americanos que son odiados más porque todos saben, en Afganistán y en los demás lugares, que esta guerra la ha querido Washington y que el presidente-fantoche Hamid Karzai, que en el país no goza de ningún prestigio porque mientras en los años ’80 sus connacionales luchaban con un coraje extraordinario contra los invasores soviéticos él hacía negocios con los yankees, está bajo la directa dependencia de la Administración de Estados Unidos. No es por la muerte de dos soldados que tenemos que dejar Afganistán. Los americanos, según estimaciones de finales del 2009, han perdido 850 hombres, los ingleses, que son los únicos que luchan, aunque no siempre, “a la afgana”, es decir, sin el uso sistemático de bombarderos que matan y exasperan a la población civil, 216, los canadienses 131, Dinamarca 26, más del 10% de su pequeño contingente de 200 hombres. Desde entonces han caído otros 200 soldados de la OTAN y el otro día han caído otros seis, cinco americanos. Pero la pregunta es “¿Qué estamos haciendo en Afganistán?” tendremos el derecho de hacérnosla y de hacérsela a nuestras clases dirigentes. Berlusconi, Frattini, La Russa han repetido la cantilena de siempre. Berlusconi: “Nuestra misión en Afganistán es de extraordinaria importancia para la estabilidad y la pacificación de una área estratégica”. Frattini (Ministro de Asuntos Exteriores italiano): “La nuestra es una misión de paz, fundamental, que continuará por nuestra seguridad y por el bien de la población afgana”. La Russa: “Es una misión para la seguridad y la paz en nuestra casa”. Ahora, en toda la historia de Afganistán, pasada y reciente, no hay un solo afgano que haya sido protagonista de ni siquiera un acto de terrorismo internacional, es decir, fuera de su propio país. Y si a partir del 2006 también los afganos se han decidido a utilizar el terrorismo y los kamikaze, algo completamente ajeno a su cultura y a su naturaleza de guerreros, después de un amplio debate dentro del liderazgo talibán (el Mullah Omar era contrario porque el terrorismo, aunque fuera siempre, en el caso talibán, contra objetivos militares y políticos específicos, golpea inevitablemente también a la población civil cuyo apoyo sostiene la guerrilla) es porque los ejércitos occidentales, distintos del soviético, (contra el cual nunca se ha llevado a cabo un ataque terrorista), no tienen ni siquiera la dignidad de enfrontarse en el campo, sino que usan por doquier la aviación, a menudo con aviones sin piloto, los Dardo y los Predator, bombardeando indiscriminadamente las poblaciones matando ancianos, mujeres y niños. Contra un enemigo que no combate con lealtad, dignidad, honor, sino que usa robots, ¿qué puede hacer una resistencia más que recurrir a las pobres armas de las cuales dispone, artefactos casi siempre rudimentarios? Los “cobardes”, distinguido ministro La Russa, están en otra parte. En cuanto a la “inseguridad e inestabilidad del país” es completamente evidente que ha sido provocada precisamente por la presencia de las tropas extranjeras, que los afganos, pueblo orgulloso como pocos, nunca han tolerado y han echado fuera, a lo largo de su historia, a los ingleses y a los soviéticos así como, antes o después, echarán a los ocupadores actuales. El Afganistán talibán era seguro y estable. Tenía un régimen, leyes, costumbres que no nos gustan. Pero ¿se puede hacer la guerra a un pueblo solo porque es distinto que nosotros y no se inspira a los sagrados principios de Locke y de Stuart Mill? Pretender homologar todos los pueblos que tienen historia, cultura, experiencias vividas diferentes a nuestros valores es una forma de totalitarismo indigno de un mundo que se define liberal y democrático. Un liberal que pretende que todos sean liberales no es un liberal: es un fascista. En la atroz vicisitud afgana somos nosotros, paradójicamente, los fascistas mientras los talibanes tienen la parte de defensores de la libertad, su libertad de una ocupación extranjera, como quiera que sea motivada. Es una forma muy curiosa la de “obrar por el bien de la población afgana”, para expresarnos con palabras del Ministro Frattini, matando a sus habitantes por cientos de miles, como por lo demás ya hemos hecho en Irak. Si la muerte de dos soldados causa sufrimiento y dolor en sus familias, en los padres, en las madres, en los hijos, en los hermanos, en las hermanas, ¿que tendrían que decir los afganos? ¿No tienen también ellos padres y madres e hijos, y hermanos y hermanas que cada día que Dios da a la tierra tienen que arrodillarse sobre sus muertos, que sean guerreros, soldados “regulares” del grotesco ejército de Karzai que se han enrolado porque la desocupación, que nosotros hemos llevado a ese país, no les deja alternativas o, peor aún, civiles?
Terminemos de una vez con esta farsa trágica. Con las hipocresías repugnantes. Nosotros estamos en Afganistán solo por un malentendido sentido de prestigio. Es para defender la cara, nuestra bonita cara, que matamos día a día, nosotros y nuestros aliados, a gente que no nos ha hecho nada y, que a veces, somos matados también nosotros, legitimamente matados. Volvamos a nuestra casa, a nuestros Scajola, a nuestros Anemone, a nuestros Balducci, a nuestra corrupción, a nuestra publicidad, a nuestros jueguitos idiotas, a nuestro fuerte bienestar, a nuestra podredumbre material y moral y dejemos que un pueblo, infinitamente más digno que nosotros, incluso antropológicamente, pueda decidir por si mismo su propio destino.

Il Fatto Quotidiano, 20 de mayo 2010

 

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