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falconegiovanni3Por Giorgio Bongiovanni y Lorenzo Baldo – 23 de mayo del 2018

El Falcon 50 contratado por el SISDE para Giovanni Falcone y Francesca Morvillo aterriza en la pista de Punta Raisi a las 17.43 del sábado 23 de mayo de 1992. Antonio Montinaro, jefe de la escolta del juez, se acerca al avión. Los otros agentes de la escolta de la policía estatal están listos frente a los tres autos blindados. Falcone y su esposa bajan la escalera. Giuseppe Costanza abre el baúl y arregla el equipaje. Luego se ubica en el asiento trasero. Falcone había decidido conducir.

Su esposa va a su lado. El Fiat Croma marrón, dirigido por Vito Schifani, abre el desfile.

Junto a él van Rocco Dicillo y Antonio Montinaro. En el medio, el Croma blanco dirigido por Falcone. Lo sigue el Croma azul guiado por Gaspare Cervello, y con él van los agentes Paolo Capuzza y Angelo Corbo. Han pasado solo diez minutos desde el aterrizaje. Los tres autos circulan a gran velocidad por la carretera que conduce a Palermo. Ninguno de los siete hombres que conforman la escolta imagina que los centinelas de Cosa Nostra han seguido paso a paso los movimientos de Falcone y su esposa, desde el momento del despegue en el aeropuerto de Ciampino hasta la llegada a Punta Raisi. A partir de ese momento los vigías continúan intercambiando mensajes codificados. En el segundo automóvil, Giuseppe Costanza le pregunta a Falcone cuándo deberá ir a buscarlo una vez que lo deje en su casa. "El lunes por la mañana" responde el magistrado. "Entonces, cuando lleguemos no se olvide de darme las llaves para que pueda irme con el auto". Y es en ese momento cuando Falcone, distraídamente, saca las llaves del tablero y se las da al custodio. "¿Qué hace? ¡Así nos vamos a matar!" dice de inmediato Costanza. "Disculpa, lo siento". Esas fueron las últimas palabras de Giovanni Falcone mientras vuelve a poner las llaves en su lugar. Faltan cinco kilómetros para llegar a Palermo. Están cerca de la salida de Capaci. Desde la colina frente a la carretera, a una distancia de unos quinientos metros, Antonino Gioè, hombre de la familia mafiosa de Altofonte, sigue con un potente par de binoculares a los tres automóviles. El momento ha llegado. "¡Vamos!" le grita Gioè a Giovanni Brusca, jefe del distrito de San Giuseppe Jato, quien tiene en sus manos el control remoto conectado a la carga explosiva colocada en el canal de drenaje ubicado debajo de la carretera. Quinientos kilos de TNT colocados en varios tambores. Pero en la fracción de segundo en que Falcone saca las llaves del tablero, el automóvil desacelera. Giovanni Brusca tiene un segundo de desorientación. "El coche bajó a ochenta o noventa kilómetros. Me di cuenta, a simple vista, que el Croma estaba perdiendo velocidad. Gioè insistió con el "¡Vamos!", pero yo estaba frenado. Estaba como embalsamado. En el tercer "¡Vamos!" accioné el control remoto y sucedió lo que debía suceder. No es que la explosión hizo "bum". Sonaba repetidamente, porque los tambores explotaron uno tras otro.

"Escuché "tututum", "tututum", "tututum". Honestamente, me sorprendió mucho". Eran las 17:56. El ataque frontal al Estado ha dado comienzo. La explosión de la bomba golpea justo en el primer auto. Vito Schifani, Rocco Dicillo y Antonio Montinaro saltan por el aire. Sus restos masacrados quedan desparramados en alrededor de un centenar de metros de distancia. El Croma de Falcone choca con el muro de tierra y asfalto que se eleva con la explosión. El impacto es violentísimo. En el tercer Fiat Croma Gaspare Cervello ve la muerte cara a cara. Está conmocionado. "Después de la gran explosión comencé a caminar cerca del cráter, en la carretera. Agarré el arma. Vino un colega y le dije: "Detente o disparo". Y él: "Soy un colega". Y yo: "Detente o disparo". El auto era una masa sin forma. Y en esa nada encuentro los ojos del juez. Me olvidé de llamarlo doctor. Le dije apenas "Giovanni, Giovanni...". Y él me miró. Sus ojos los llevo dentro de noche y de día. Me siguen, me acompañan, son parte de mí". Y son los ojos que Gaspare Cervello sigue recordando mientras su voz se quiebra. "Él se dio vuelta, pero tenía un ojo cerrado, abandonado. Todo el bloque del motor lo tenía encima. Solo la cabeza estaba libre. La doctora Morvillo estaba inclinada hacia adelante, al igual que Giuseppe Costanza. Había un principio de incendio. Lo apagamos. Del auto de mis colegas no sabía nada. Esperaba que se hubieran salvado".

El agente Cervello y los colegas que viajaban con él se salvaron milagrosamente. A su alrededor se había desatado el infierno. A pesar del poder de la explosión, Falcone, su esposa y Giuseppe Costanza siguían vivos. Francesca Morvillo había perdido el conocimiento, mientras que Giovanni Falcone intentó responder con los ojos a los estímulos de  su escolta.

Con la ayuda de los primeros rescatistas los extraen del automóvil. Para Giovanni Falcone, sin embargo, fue necesario esperar la intervención del cuerpo de bomberos, porque estaba atrapado entre las placas del auto. La explosión de los quinientos kilos de TNT formó un cráter de unos catorce metros de diámetro y tres metros y medio de profundidad. Los otros autos que estaban pasando en ese momento volcaron. Los heridos pedían ayuda. Un círculo dantesco se desplegaba ante los ojos de los auxiliares médicos. Las ambulancias se apresuraban desde los hospitales más cercanos.

El vacío

Paolo Borsellino estaba con su barbero en la calle Riccardo Zandonai. Suena el celular. Es Franco Lo Voi, un colega más joven de la Fiscalía. Borsellino tiene un sobresalto repentino y detiene el barbero. "¿Un ataque a Giovanni, a Giovanni Falcone? ¿Cuándo, dónde, cómo?". El juez corre a pie hasta su casa. Siente que el mundo se derrumba sobre él. Necesita  ver a su amigo y hermano. No tiene las llaves de la puerta. Toca el timbre. Pasa frente a su hijo Manfredi sin decirle una palabra. En casa, las otras dos hijas, Lucía y Fiammetta, se dan cuenta inmediatamente de que algo muy grave ha sucedido. Su esposa Agnese no está, salió con una amiga. Borsellino se pega al teléfono pero no habla, probablemente el número esté ocupado. En cierto punto, toda la ira explota. Incontenible. Se quita el cinturón, lo empuña por un extremo, lo golpea contra una pared y grita desesperado, rabioso: "Un atentado ... Giovanni, Giovanni ... Está herido, en el Hospital Cívico ...". En cuestión de minutos Borsellino se hace llevar al hospital. Lucía lo alcanza poco después. Fiammetta sale a buscar a su madre y Manfredi se queda en casa para asegurar los contactos entre todos. Al hospital también llega Antonio Ingroia, un joven fiscal adjunto, vinculado a Paolo Borsellino por una profunda amistad y una relación profesional desde la época de la Fiscalía de Marsala, En su mente se mantiene indeleble el recuerdo del encuentro con su amigo y colega. "Lo encontré en el hospital, apoyado contra la pared, con la cabeza gacha, la cara cansada, sin lágrimas, estaba como ... vacío". Borsellino acaba de salir por una puerta de vidrio. Es como si hubiera envejecido de golpe. Recogió el último aliento de Giovanni Falcone. Su voz revela el vacío absoluto en el que acaba de precipitarse. "Murió así, entre mis brazos". Lucia estalla en llanto. El padre la reprende diciéndole que no dé un espectáculo. Pero unos momentos después se derrumba en el mismo llanto abrazado a su hija. Detrás de ellos viene el magistrado Alfredo Morvillo, hermano de Francesca. Con Borsellino se conocen desde hace muchos años. La noticia de que también la esposa de Falcone llegó demasiado tarde es igualmente desgarradora.

Antonino Caponnetto, el padre del pool antimafia, llama a Borsellino por teléfono. Quiere saber. Está en Florencia y se prepara para venir a Palermo. "Paolo, ¿cómo está Giovanni?". En el otro extremo del hilo Borsellino llora. "Paolo ¿puedes responderme? ¿Cómo está Giovanni?" "Murió hace un minuto en mis brazos". Son las 19.07. Caponnetto deja caer el teléfono. Ha perdido a uno de sus hijos más queridos. Mientras tanto, el hospital se llena de familiares, amigos y conocidos de las víctimas y los heridos. Llegan otros colegas que se reúnen alrededor de Paolo Borsellino. Que sin la protección de Giovanni Falcone inevitablemente se convierte en el próximo objetivo. El juez lo sabe y será cada vez más consciente en los cincuenta y siete días de vida que le quedan. Borsellino está solo. A última hora de la tarde, Antonio Ingroia lo llevó a su casa. "Recogiendo los últimos suspiros de Giovanni Falcone en mis brazos" dirá más tarde, "pensé que se trataba de una cita pospuesta ...". Así comenzó la cuenta atrás.

La percepción del final

Desde el 23 de mayo en adelante hubo una serie de señales inequívocas alrededor de la figura del juez. Paolo Borsellino comienza a ser perfectamente consciente de la particular sobreexposición en la que se encuentra. Su fuerte aprensión hacia sus colegas se consolida día tras día. "Giovanni Falcone era el escudo detrás del cual podía protegerme. Muerto él, me siento expuesto y ahora soy yo quien debe hacer de escudo ante ustedes". Palabras que vuelven atrás las agujas del reloj. La cuenta regresiva apenas ha comenzado.

La carrera contra el tiempo

Al igual que en los días del maxi proceso, a la casa de Borsellino regresa la ronda de carabineros y el área protegida. En la Prefectura se estudian los movimientos regulares del magistrado durante la semana: el Palacio de Giustizia, la iglesia de Santa Luisa di Marillac y la visita a su madre en la calle Mariano D'Amelio. Los agentes de seguridad solicitan inútilmente el establecimiento de una zona de exclusión en esa misma calle. Nunca será implementada. En los años siguientes Caponnetto preguntará en voz alta si el oficial de seguridad de Borsellino alguna vez ha sufrido sanciones disciplinarias por tal omisión. Pero su pregunta aún permanece. Incluso Rita Borsellino recordará su preocupación después de la masacre de Capaci. En esos días será ella misma la que advierta a la policía de la presencia en Via D'Amelio de un automóvil abandonado con las ventanillas bajas. Pero se verá obligada a llamar tres veces antes de que una grúa se lleve el auto. La hermana del juez recordará su ansiedad por un cubo de basura dejado imprudentemente en la calle Cilea, cerca de la casa de su hermano. Pero, sobre todo, recordará la severa respuesta del juez a sus temores. "No soy yo quien debe pensar en mi seguridad, hay quienes están afectados a esa tarea".

Sobre Paolo Borsellino se cierne una enorme presión. Por un lado, el pedido de justicia de la  opinión pública que pone sobre sus hombros una tensa expectativa. Al mismo tiempo, aumenta su sobreexposición llevada a cabo por el frente político-institucional. Borsellino inmediatamente se lanza de cabeza en las investigaciones que pueden estar relacionadas con la masacre de Capaci.

Retoma los expedientes sobre sobre otros magnicidios, incluido el tramitado por el asesinato de Salvo Lima. Relee los informes del ROS sobre la mafia. Y también pide sacar de los archivos los viejos informes sobre la Conexión del Duomo, la operación que solo tres años antes había revelado la colusión entre la mafia corleonesa y la política en Lombardía. Pero no tendrá tiempo de leerlos. Según su costumbre, cada mañana Paolo Borsellino se levanta muy temprano. Durante todo el día no se separa un momento de sus papeles. Entre los cigarrillos y la lectura toma notas, busca enlaces. Y, sobre todo, piensa en las conversaciones que tuvo con Falcone, sus intuiciones, sus confidencias. Que a la luz de los acontecimientos adquieren nuevos significados. Pero él siente cada vez más que el tiempo se le escapa de las manos.

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*Extraído de: Gli ultimi giorni di Paolo Borsellino (Los últimos días de Paolo Borsellino)
© Shobha

 

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