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ratzichieEL PAPA ERRANTE
de Giulietto Chiesa - Megachip - 12 de febrero de 2013
Ya suena banal, descontado, decir que las dimisiones de Benedicto XVI son un acontecimiento histórico. Todas las referencias a la extraordinaria historia del papado nos dicen que nos hallamos frente a un vuelco destinado a tener grandes repercusiones sobre los sentimientos y las emociones de mil millones de personas en cada rincón del planeta, e incluso sobre las relaciones de fuerza políticas y financieras que se extienden en varias áreas cruciales del mundo.
Porque es cierto que esta Iglesia católica es un lugar de fe y esperanza para millones de personas, pero es mucho más un centro de poder. Creo que tienen razón los que creen que este drama sea el resultado de una evidente crisis política que tiene su epicentro en el "sistema" de los pasillos vaticanos. Una crisis virulenta, inmediata y muy grave, que no admitía dilaciones. Un gesto casi obligado. No hay necesidad de recordar el largo rosario de escándalos italianos, bancarios en primer lugar, que han constelado el recorrido de este Papa. Ha habido y hay podredumbre en Vaticano. El IOR, Instituto para las Obras de Religión, y sus escorias eran desde hace tiempo un bubón maloliente que infectaba cada movimiento de la Iglesia católica.  El escandaloso comportamiento de los cardenales "jefes" hacia el poder político italiano, el tráfico practicado por años con un "delincuente habitual" que se ha encontrado, no por casualidad, a la cabeza del gobierno de la República, el silencio prolongado (inclusive a veces la abierta y repugnante complicidad), hacia el corruptor de las costumbres y de la moral pública italiana, todo esto ha terminado siendo tan visible como para tener toda la apariencia de un "escándalo" anti-evangélico. Masas de fieles italianos no podían ignorar las exhibiciones de los cardenales que conducían la danza.  

Un "bajo imperio" vaticano hacía de espejo a los bajosfondos de la prostitución pública y privada de la Italia berlusconiana y de la corrupción del ‘Palacio’ entendido en su complejo.  
Joseph Ratzinger, probablemente, era ajeno a gran parte de estos juegos de poder. Por los que ha sido sobrepasado. Si “ha decidido" de irse no se debe seguramente por motivos de salud. O ha elegido de romper él, o ha sido obligado a romper. Pero las tensiones capaces de crear  una ruptura tan clamorosa deben de ser enormes e irreversibles. Por consiguiente no transcurrirá demasiado tiempo para que salgan a la luz. Está claro que será por grados. Pero se ha roto un inmenso dique y el líquido pútrido tendrá que salir. Quizás Ratzinger ha preferido protegerse.
Pero no es de esta crisis de lo que quiero hablar. Intuyo los contornos, por las fallas estructurales que traslucen, pero no conozco los detalles. Y creo que es más útil esperar a que ellos salgan por si solos.  
Mi intención es hablar de una crisis mucho más vasta, devastadora, estratégica que está en incubación desde hace un tiempo mucho más amplio de los ocho años del papado de Benedicto XVI.
Una crisis que ya era perceptible durante el largo pontificado de Juan Pablo II, pero que había sido descubierta y hecha invisible gracias a su carisma, a su potencia física, al mito que él había construído alrededor suyo y que el mainstream mundial había contribuído a construir.  
Juan Paolo II era una "star". Y, como star que era, formaba parte integrante de la sociedad del espectáculo. Un tótem que dominaba una iglesia extenuada y sin empuje. No faltaba el condimento ideológico: el triunfador sobre el comunismo, el que colocó la Iglesia católica en el surco de la victoria del occidente. No era solo humo en los ojos: era, fue, un hongo atómico de propaganda espectacular. Pero, durante sus 26 años de pontificado, Wojtyla no hizo nada para poner orden en la Curia romana. Llegar después de un Papa como él por consiguiente habría sido difícil para cualquiera, bajo todos los aspectos.  
Quizás ésta fue una - no la única - de las razones por las que el cónclave de hace 8 años decidió elevar al solio pontificio al más anciano candidato entre aquéllos examinados por los concilios que se han desarrollado a partir del lejano 1730: tener un papa "breve". Bastante para tomar respiro y permitir al Vaticano de retomar impulso. Querían un papado de transición y lo han tenido. Pero la velocidad de la crisis mundial (no sólo de la vaticana), ha sido demasiada para un gigantesco organismo acostumbrado a moverse con paquidérmica lentitud.  
Se dirá ahora que Ratzinger ha tenido que enfrentar escándalos que no eran suyos. Las primeras brechas ya se descubrieron con Wojtyla en el trono de Pedro: la explosión de los escándalos sexuales, de la pedofilia del clero en Irlanda y en los Estados Unidos. Pero la explosión ocurrió con Benedicto XVI: en Bélgica, Austria, Holanda, Noruega, Alemania, y de nuevo Estados Unidos.  
Se dirá también que todas las tentativas de lanzar mensajes al mundo moderno, efectuadas por el Papa que  dimite, se han revelado clamorosamente inadecuados: desde las meteduras de pata hacia los judíos, a aquellas hacia el Islam. Pero no fue el primer papa en meter la pata. Por alguna metedura de pata un vicario de Dios en la tierra no dimite.  
El hecho que más vale la pena destacar, me parece, está contenido simbólicamente en el nombre que Ratzinger adoptó cuando fue elegido: Benedicto. Una evocación explícita al santo Benedicto de Norcia patrón de Europa. Ratzinger, es decir, se proponía la reconquista del alma religiosa europea. Era Europa el centro de sus pensamientos, su objetivo principal. En una organización que desde hace más de 2000 años basa su poder en los símbolos, una señal como ésta no podía ser subestimada. Pero era, en si mismo, la señal de una derrota histórica, irremediable, de una retirada estratégica.  
En los mismos años de su pontificado Joseph Ratzinger habría asistido, junto a todos nosotros, al triunfo de la globalización y al principio de su fin. Al desplazamiento de los centros del poder mundial fuera de Europa y del occidente. Una trasformación que no estaba prevista, y que tampoco fue vista. Y la Iglesia educadora, la Iglesia de la catequesis, fue sobrepasada por las nuevas tecnologías de la comunicación, que predican el evangelio del consumo, mucho más potente incluso de aquel de Cristo.  
Y la Iglesia se retraía clamorosamente en la ciudadela que había dominado por siglos, incapaz de cualquiera proyección, de cualquier impulso. Mientras iglesias y seminarios, y conventos europeos se vaciaban, y lo poco que quedaba y queda es alimentado desde los lugares lejanos y todavía míseros de los ex países del tercer mundo. Una Iglesia - la de Ratzinger, pero también la de Wojtyla - incapaz de afrontar los grandes desafíos epocales de una transición inevitable, y por lo tanto proclive, por falta de aflato espiritual, a refugiarse en los meandros del poder occidental. Un poder, por añadidura, que también a su vez está en evidente decadencia.  
Ésta es la crisis de la que tendrá que ocuparse al próximo Papa de Roma.  
http://www.megachip.info/tematiche/democrazia-nella-comunicazione/9769-il-papa-errante.html

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