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manfredi_borsellinoQUERIDO PAPÁ, TE ESCRIBO...
Por Manfredi Borsellino - 19 de Enero de 2011
En las primeras horas de la tarde de aquel 23 de mayo estudiaba en la casa de mis padres, preparaba el examen de derecho comercial, estaba exactamente en el “zenit” de mi carrera universitaria.
Mi padre había ido solo, a pie, esquivando como sólo él sabía hacer a los chicos de la escolta, a la  barbería de Paolo Biondo, en la calle Zandonai, estando allí, le llegó la llamada telefónica de un colega que le daba la noticia sobre el atentado perpetrado en contra de Giovanni Falcone en la autopista Palermo-Punta Raisi.
Recuerdo muy bien que mi padre, aún con restos de espuma de afeitar en la cara, habiendo olvidado las llaves de casa golpeó a la puerta mientras yo estaba petrificado frente a la televisión que transmitía en directo las primeras noticias de lo ocurrido. Le abrí la puerta a un hombre destruido, no tuve el valor de preguntarle nada, y él tampoco pronuncio una palabra.
Se cambió y recomendándome que no me aleje de casa, se precipitó, no recuerdo si alguien lo acompañaba o si era él mismo quien conducía el coche de servicio, al hospital donde primero Giovanni Falcone y luego Francesca Morvillo, le expirarían entre sus brazos. Ese día para mí y para toda mi familia marcó un punto de no retorno. Era el inicio del fin de nuestro padre que, poco a poco, día a día, hasta aquél trágico 19 de julio, salvo muy pocos momentos, ya no volviera a ser el mismo, aquel hombre desacralizador y siempre listo a no tomarse en serio a si mismo, que todos conocíamos.
Empecé a llorar la muerte de mi padre junto a él, mientras velábamos el cadáver de Falcone en la capilla ardiente preparada dentro del Edificio de Justicia. No podré olvidar jamás que ese día lloraba la desaparición de un colega y amigo fraternal de mi padre, pero en realidad es como si con bastante anticipación ya estuviese llorando la suya.
Desde el 23 de mayo al 19 de julio se hicieron muy recurrentes los sueños de atentados y escenas de guerra en mi ciudad, pero a la mañana siguiente borraba todo como si estas pesadillas no tuvieran nada que ver conmigo y sobre todo con mi padre, quien en mi inconsciente era la víctima.
Luego del atentado de Capaci, salvo en los días inmediatamente sucesivos, continué con mis estudios, rindiendo los exámenes de derecho comercial, ciencias de la economía, derecho tributario y derecho privado de la economía. Advertía un gradual desapego en mi padre, el mismo que incluso mis hermanas percibirían, pero lo atribuía (y justificaba) a la carga de trabajo y a las preocupaciones que lo perturbaban en esos días. Sólo después de su muerte supe por parte del padre Cesare Rattoballi que era un desapego voluntario, calculado, para que gradualmente y por lo tanto sin traumas en particular, nosotros, sus hijos nos acostumbrásemos a su ausencia y que algún día nos encontrásemos de alguna manera “preparados”, en caso de que a él le llegara el mismo destino que al amigo y colega Giovanni.
La mañana del 19 de julio, gracias al hecho de que se trataba de un domingo y que ya estaba libre de compromisos universitarios, me levanté bastante tarde, al menos con respecto al horario en el cual usualmente se levantaba mi padre, a quien le gustaba decir que se levantaba todos los días (incluso el domingo) a las 5 de la mañana. En estos días de julio, como por otro lado sucedía cada verano, teníamos como huéspedes a nuestros tíos y a su única hija Silvia, y era justamente con ella que mi padre muy temprano por la mañana nos había anticipado que nos dirigiéramos hacia Villagrazia di Carini, donde se encuentra la casa de veraneo de mis abuelos maternos y donde, en el chalet contiguo nos había invitado a comer el profesor “Pippo” Tricoli, titular de la cátedra de Historia Contemporánea de la Universidad de Palermo e histórico exponente del partido político MSI siciliano, un hombre de gran bagaje cultural y humano con cuya familia compartíamos cada año distendidas temporadas veraniegas.
A decir verdad, mi padre trató de sacudirme de la “fiaca” de domingo dando a entender  un cierto deseo de “ir caminando” juntos, pero no lo logró. Lo alcanzaríamos luego junto a los tíos y a mi madre. Mi hermana Lucia se quedaría todo el día en la casa de una compañera suya a repasar una materia universitaria de la cual al día siguiente tendría que rendir su correspondiente examen (¡cosa que hizo!), mientras que Fiammetta, como es sabido, estaba en Tailandia con unos amigos de la familia y sólo regresaría a Italia tres días después de la muerte de su padre.
No era el primer verano que, por razones de seguridad, renunciábamos a las vacaciones en el mar; habían habido otros como el del 85', cuando luego de los asesinatos de Montana y Cassarà habíamos sido “deportados” a la isla de la Asinara, o el del año anterior, en el transcurso del cual mi padre había sido destinatario de graves amenazas de muerte por parte de algunas familias mafiosas del territorio de Trapani, pero ese era un verano especial con respecto a los anteriores, mi padre nos dijo que ya no estaba en condiciones de prescindir de su equipo de seguridad que, sobre todo luego de la muerte de Falcone, le había sido asignado, y por reflejo a nosotros sus hijos y a mi madre no nos habría podido garantizar esa libertad de movimiento que en los años anteriores había sido capaz de asegurarnos.
Es así que ese verano el chalet de los abuelos maternos, en la cual desde nuestro nacimiento habíamos transcurrido quizás los momentos más hermosos y distendidos, había quedado cerrada. Demasiado “expuesta” por su adyacencia a la autopista, como para posibilitar una adecuada protección de quienes allí vivieran. Recuerdo una hermosa jornada, cuando llegué mi padre se acababa de alejar con la lancha de su amigo para darse aquél que habría sido el último baño en “su” mar y no puedo olvidar a los chicos de su escolta (los mismos que lo acompañaron a Vía D'Amelio), parados en la playa siguiendo con la mirada a mi padre mientras disfrutaba de aquel sol y de aquel mar.
Incluso la comida en casa de Tricoli fue un momento agradable para todos, era una típica comida palermitana a base de “panelle, crocché, arancini”, y demás cosas de la sustanciosa cocina siciliana, es decir, para estómagos resistentes. Recuerdo que en la televisión pasaban imágenes del Tour de France, pero mi padre, a pesar de ser un gran apasionado del ciclismo, después de la comida, durante la cual no dejó de dar su discurso, como era su costumbre, decidió recostarse en una habitación de nuestra villa. En realidad no durmió ni siquiera un minuto, en el cenicero de al lado de la cama encontramos un montón de colillas de cigarrillos que dejaba poco lugar a la imaginación.
Luego de eso que fue todo menos una siesta, mi padre recogió todos sus efectos personales, incluido el traje de baño (el cual nos fuera devuelto aún mojado luego del atentado) y la agenda roja de la cual se hablaría tanto en los años sucesivos, y luego de haber saludado a todos se dirigió a su auto estacionado junto a los de la escolta, en el estacionamiento lindante con las villas. Mi madre lo saludó desde el portón de la casa del profesor Tricoli, yo lo acompañé llevándole el maletín hasta el auto, sabía que tenía que encontrarse con mi abuela para llevarla al cardiólogo, por lo tanto no tuve necesidad de preguntarle nada. Me sonrió, le sonreí, ambos seguros de que de allí a no muchas horas nos reencontraríamos en casa, en Palermo con los tíos.
Me di cuenta de que mi padre ya no estaba mientras esa tarde jugaba al ping pong y vi pasar por mi lado el rostro lúgubre de mi prima Silvia, se acababa de enterar del atentado a través de la radio. No se porqué pero antes de decidir que hacer, mi madre y yo nos encargamos de cerrar la villa. Entonces, mientras confiaba  mi madre a mis tíos y a los Tricoli, me subí a la moto de un amigo de la infancia que veraneaba allí cerca y a gran velocidad nos dirigimos a la calle Via D'Amelio.
No vi a mi padre, o mejor dicho a sus “restos”, porque cuando llegué a Via D'Amelio fui reconocido por el entonces presidente de la Corte de Apelaciones, el Doctor Carmelo Conti, quien me quiso llevar hasta el centro de Medicina legal, donde poco después fui alcanzado por mi madre y mi abuela paterna. Posteriormente supe que mi hermana Lucia no solo quería ver lo que había quedado de mi padre, sino que además quería recomponerlo y vestirlo dentro de la morgue. Mi hermana Lucia, la misma que pocas horas después de la muerte del padre habría rendido el examen universitario dejando incrédulos a los profesores de la cátedra, nos contó que nuestro padre murió sonriendo, debajo de sus bigotes ahumados por el tizne de la explosión entrevió su guiño habitual, su sonrisa de siempre; a diferencia de lo que se pueda pensar mi hermana tomó una gran fuerza de esa última imagen del padre, es como se hubiesen querido saludar por última vez.
Mi vida, como por otro lado la de mis hermanas y de mi madre, cambió seguramente después de aquel 19 de julio, todos crecimos muy de prisa, y entendimos que inmediatamente teníamos que abstraernos “sin peros” a cualquier tipo de solicitaciones que nos llegaran del mundo exterior y especialmente del mediático. Sabíamos que a mi padre no le habría gustado que nos transformáramos en “familiares sobrevivientes de una víctima de la mafia”, que viviéramos como hijos y mujer de..., quería que continuáramos nuestros estudios, que nos realizáramos en el trabajo y en la vida, y que le diéramos esos nietos que tanto deseaba. A mi en especial me pedía un “Paolino”, desde cuando tenía las primeras novias, no logro imaginar su alegría si hubiese estado con nosotros en aquel 20 de diciembre de 2007, cuando nació Paolo Borsellino, su primer, y por el momento, único nieto varón.
Ahora quisiera decirle a mi padre que nuestra vida si cambió después de que nos dejara pero no en el sentido que él temía: seguimos siendo los mismos que éramos y que él bien conocía, recorrimos nuestros caminos sin “agrandarnos” con nuestro apellido, convertido en “incómodo”, en todos los sentidos, construimos nuestras familias a las cuales les prodigamos la mayoría de nuestras atenciones como él nos enseñó, no nos “engreímos”, riesgo desgraciadamente recurrente cuando se tiene la suerte y el honor de tener un padre como él, en fin, permanecimos con los pies en la tierra. Y también quisiera decirle que mamá, luego de haber sido su principal sostén en estos largos años ha sido nuestra fuerza, sin su presencia todo habría sido más difícil y muy probablemente ninguno de nosotros tres habríamos salido adelante.
Me gusta pensar que hoy soy lo que soy, es decir, un funcionario policial apasionado por su trabajo que en su pequeña parte sirve al Estado y a los propios conciudadanos como, en una dimensión mucho más grande e importante, hacía su padre, independientemente del dramático acontecimiento que me tocó vivir. Por otro lado algo en lo que jamás me habría gustado convertirme después de la muerte de mi padre, es en una persona que de una forma u otra se hubiese “beneficiado” de esta relación de sangre, hubiese “sacado provecho” al evento para ventajas personales indebidas, hubiese revestido cargos o asumido encargues en carácter de hijo de...o porque lleva el apellido Borsellino. (…) A mis hijos, que aún son muy pequeños como para que pueda empezar a hablarles del abuelo, quisiera hacérselos conocer justamente a través de sus enseñanzas, contándoles pequeños, pero significativos episodios, a través de los cuales transmitirles los valores portantes de su vida. Querido papá, cada noche antes de dormirnos te agradecemos por el mayor de los dones, la forma en la cual nos has enseñado a vivir.

Manfredi Borsellino
Extraído de: livesicilia.it

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