claudio rojas clA 47 años de su asesinato, el homenaje a un luchador, hoy presente más que nunca
Por Claudio Rojas desde Chile-16 de setiembre de 2020

A Víctor Jara se le podría definir como un artista multidisciplinario, pero, sobre todo, como la voz de un pueblo que pedía justicia social, libertad y una solución a los problemas que le aquejaban. Hijo de una familia de campesinos, pronto quedaría huérfano y muy joven se interesaría por su gran pasión, el teatro. De Jara se pueden decir muchas cosas: cantautor, director teatral... pero ante todo era un hombre que apostaba por la cultura como arma principal para la rebelión del pueblo.

Víctor Jara escribió una canción titulada “Pongo en tus manos abiertas”, en homenaje a Luis Emilio Recabarren (otrora líder del movimiento socialista obrero que dio origen al partido Socialista). Ese fue también el título de un disco editado en medio del fragor de la victoria popular de Salvador Allende. Uno de sus últimos discos de larga duración llevó el título “El derecho de vivir en paz” canción de homenaje al pueblo vietnamita, por su lucha contra el imperialismo norteamericano. Esta última fue la época en que Víctor Jara, junto a los conjuntos Inti Illimani y Los Blops, se había lanzado en la búsqueda de nuevas formas musicales, tal vez más masivas y juveniles.

Era esta posiblemente una fase nueva del creador, quien ya en la década del 60 había provocado un fuerte remezón al irrumpir con su canción-protesta frente al pseudo folklore urbano y costumbrista que dejaba marginado al pueblo y sus expresiones más auténticas.

Jara en manifestacion

Víctor Jara vivió intensamente su compromiso de artista, y lo hizo en forma extremadamente profunda y sencilla. Tras sus canciones, sus poemas y expresiones artísticas múltiples

Con la llegada de Salvador Allende a la presidencia del gobierno de Chile, llegó también una revolución, la socialista. Figuras de la cultura chilena como Pablo Neruda dieron su apoyo al nuevo líder del país, pero si hay una voz para expresar este movimiento, es la de Jara. Afiliado al Partido Comunista, creó himnos que hablaban del pueblo, de sus deseos, y que traspasaron fronteras, para llegar a ser cantados en manifestaciones en países como España.

El gobierno socialista de Allende duró tres años, el tiempo que tardó en levantarse el golpe de Estado de Augusto Pinochet, en 1973. Un 11 de septiembre de ese año, las tropas afines al dictador detuvieron a 600 personas para trasladarlas al Estadio Chile. Entre ellas estaba Jara, quien tras horas de tortura por su defensa del gobierno de Allende, fue encontrado sin vida cuatro días más tarde en los aledaños del estadio, casi irreconocible por los agujeros de bala y los golpes recibidos.

Han pasado 47 años desde el asesinato de Víctor Jara, acribillado con 44 disparos en Santiago de Chile. Sin embargo, su muerte continúa siendo un asunto de actualidad, y es que tras un largo y tortuoso proceso judicial, ocho militares retirados del ejército chileno han sido condenados por la muerte de uno de los personajes más importantes de la cultura popular de Chile.

Fuertemente comprometido con su entorno político, su compromiso acabó costándole la vida. Tras el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, acaecido el 11 de septiembre de 1973, se encerró con otros universitarios en la Universidad Técnica del Estado, en Santiago, para mostrar su repudio y voluntad de resistir; sin embargo, el ejército tomó pronto las instalaciones y llevó prisionero a Jara al Estadio Chile, donde fue brutalmente torturado y asesinado el 16 de septiembre.

Tortura y asesinato

“Ese martes, Víctor Jara escuchó desde su casa las últimas palabras de su amigo y presidente, Salvador Allende, emitidas desde La Moneda en pleno bombardeo”.

“El cantautor de 40 años se despidió de su esposa, Joan Jara, tomó su guitarra y se fue a la Universidad Técnica del Estado (UTE), hoy la Universidad de Santiago de Chile. Allá, se encontró con sus estudiantes y sus colegas profesores y juntos decidieron pasar la noche en el lugar para hacer resistencia a las primeras horas de la dictadura”.

“La mañana del miércoles, la UTE fue asediada por tropas militares que ingresaron a la universidad y tendieron sobre el patio principal a todos los que se encontraban en su interior, entre ellos Víctor Jara y su guitarra”.

“Los hombres, entre esas casi 600 personas, fueron llevados al Estadio Chile (que pronto pasaría a llamarse Estadio Víctor Jara), recinto deportivo que había sido convertido en centro de detención y tortura”.

“Cuando iba ingresando al recinto, con las manos en la nuca, como el resto de los prisioneros, Víctor es reconocido por uno de los oficiales. "A ese hijo de puta me lo traen para acá", gritó. Jara fue sacado de la fila con un golpe de culata tan brutal, que cayó ante el militar, quien comenzó a pegarle”.

"Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho (fascista). De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar, pero siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente", recuerda uno de los detenidos testigo, Boris Navia.

“Lo condujeron con otros oficiales, siendo exhibido casi como un trofeo. Esa noche fue interrogado y torturado, permaneciendo después bajo custodia en uno de los pasillos del lugar, sin ingerir alimentos ni agua. Durante esos días, sus compañeros cuentan que el militar que lo vigilaba abandonó su puesto, y ellos aprovecharon ese instante para ayudarlo. Lo arrastraron desde los pasillos de los camarines hasta la cancha principal, y lo escondieron entre las gradas con los otros miles de detenidos. Según cuentan quienes estuvieron con él, se encontraba muy mal herido. Uno de los compañeros le cortó el cabello con un corta uñas para intentar camuflar sus característicos y abultados rizos”.

“Otro de los detenidos, sabiendo que Víctor no había comido ni bebido, consiguió que un militar le regalara un huevo crudo, que le pasaron a Víctor. Él le hizo un orificio por uno de sus costados y bebió su contenido. "Ahora mi corazón late como campana", dijo, y habló de Joan y sus dos hijas”.

“Fue allí cuando se enteran que dos compañeros saldrían libres y todos comienzan a escribir mensajes para ser llevados a sus familiares. En una pequeña libreta, Víctor escribe sus últimos versos: "Canto que mal que sales cuando tengo que cantar espanto. Espanto como el que vivo, espanto como el que muero".

“Pese al intento de los presos, los efectivos del ejército lo descubrieron y lo golpearon, frente a todos, con mayor intensidad, antes de llevarlo de regreso a los pasillos donde vuelven a interrogarlo, insultarlo y torturarlo.Al anochecer de ese sábado, trasladan a los prisioneros desde el Estadio Chile al Estadio Nacional. Al salir, atraviesan un recinto en el que había entre 30 y 40 cadáveres. Boris Navia reconoce el rostro de Víctor Jara entre ellos”.

"Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco que cubre sus rostros y seca la sangre. Reconozco a Víctor en primer lugar", dice Navia.

“Horas antes, Víctor Jara había sido llevado por última vez a una de las habitaciones de los camarines del recinto. Allí, le quebraron las manos a pisadas y culetazos, lo obligaron a intentar tocar una guitarra, se burlaron del músico, lo abofetearon, lo torturaron”.

"¡Cantante marxista, comunista concha de tu madre, cantor de mierda". Quien más lo insultó fue el teniente Edwin Dimter Bianchi, conocido como “El Príncipe”. Los militares comenzaron a jugar a la ruleta rusa, poniéndole un arma en la sien y dejando cada intento a la suerte, hasta que una de las balas se descarga matando a Víctor Jara”.

“El soldado José Paredes Márquez testificó que el cuerpo del músico cayó de costado y con convulsiones. “El Príncipe” ordenó que lo acribillaran, y así, le clavaron otros 43 tiros”.

“Durante la madrugada, dos vecinas de una población cercana al Cementerio Metropolitano de Santiago, encuentran en un sitio eriazo, detrás de ese recinto, seis cuerpos. Al darlos vuelta, se dan cuenta que uno de ellos es Víctor Jara. Junto a otras personas, lo llevan al Servicio Médico Legal. Allí, uno de los funcionarios también lo identifica y le avisa a su esposa, Joan Jara. El cuerpo del cantautor chileno tenía 44 impactos de bala: 2 en la cabeza, 6 en las piernas, 14 en los brazos y 22 en la espalda. Gracias a la ayuda de otros compañeros, Joan logra sacar a su amor del SML y lo entierra en un nicho en el Cementerio General de Santiago, la placa no lleva nombre, para que los militares no puedan dar con él y desaparecerlo, como lo hicieron con tantos hombres y tantas mujeres”.

“Casi 43 años después de lo sucedido, en junio de 2016, un tribunal federal de Estados Unidos declaró culpable al ex militar Barrientos, por torturar y ejecutar extrajudicialmente al cantante, activista y político”.

“Barrientos, nacido en Chile pero ahora con nacionalidad estadounidense y residente en Florida, fue declarado culpable tras las acusaciones interpuestas por la viuda del cantante y sus dos hijas. El juez ha exigido al ex teniente chileno una indemnización por daños y perjuicios de 28 millones de dólares, según informó el diario “La Tercera”.

“Durante el juicio, que duró dos días, Barrientos negó conocer al cantautor durante el período de ejecuciones de la dictadura de Pinochet, perpetrados en el Estadio Chile, y aseguró que no supo quién era hasta mucho después de que ocurriera el asesinato. No obstante, varios testigos --entre ellos ex oficiales como Paredes-- aseguraron que Barrientos era uno de los militares que estuvieron detrás de los asesinatos de Estadio Chile e incluso indicaron que fueron testigos de las torturas a los detenidos, muchos de ellos alumnos y maestros. Si bien se le declaró culpable por tortura y asesinato extrajudicial, el letrado desestimó el cargo de crimen de lesa humanidad”.

47 años hubo que esperar para que alguien pagase por la muerte de Víctor Jara. Un camino largo, lleno de baches, y en el que prácticamente se había perdido toda esperanza. El primer paso se produjo en 2009, con una multitudinaria ceremonia tras la exhumación de sus restos mortales, que fueron entregados a su familia. Pero quedaba lo más importante, alguien debía pagar. Tardó décadas, pero el proceso del juez Miguel Vázquez logró, más de 40 años después del asesinato, condenar a los militares Hugo Sánchez, Raúl Jofré, Edwin Dimter, Nelson Haase, Ernesto Bethke, Juan Jara, Hernán Chacón y Patricio Vásquez a una pena de 15 años, lo que incluye la condena por el asesinato en las mismas horas fatídicas del ex director de prisiones, Littré Quiroga.

Quince años de cárcel es obviamente un gesto eminentemente simbólico: hubo decenas de muertes en el otrora llamado Estadio Chile, ahora bautizado “Estadio Víctor Jara”.

No hay condena suficiente, que equivaldría a miles de años, que permita solventar lo que pasó en ese recinto deportivo en septiembre de 1973. La justicia durmió para todas esas víctimas anónimas. En ese sentido, el asesinato de Víctor Jara sirvió de faro de luz para por lo menos abrir una pequeña brizna de condena moral a estos militares, y a la dictadura en pleno.

Un castigo más para quien quiere negar la historia.

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*Foto de Portada: www.bilboardargentina.com

*Foto 2: www.sopitas.com /Víctor Jara en una manifestación popular.