La otra faceta de un día de represión fue una marcha fascista en el centro de Santiago

Por Jean Georges Almendras, desde Santiago de Chile-8 de setiembre de 2019

En Chile, sus gobernantes pregonan que hay un régimen democrático. Pregonan, algo que en realidad no existe. No existe, porque a la hora de demostrar al mundo entero que la democracia es un hecho concreto, lo único que hacen es despedazarla, con la complacencia del titular de La Moneda (el Palacio de Gobierno de Chile): Sebastián Piñera. Y esto ocurrió –una vez más- en la mañana del domingo 8 de agosto, en ocasión de realizarse una marcha en el día de la Memoria del Detenido Desaparecido de Chile, en los días de la dictadura militar. Organizaciones gremiales, estudiantiles, partidos políticos de izquierda y colectivos de Derechos Humanos convocaron a la movilización, siendo el punto de partida la Plaza de los Héroes, cercana a La Moneda, y el punto de llegada el Cementerio General, donde descansan los restos de las víctimas del terrorismo de Estado del régimen pinochetista.

En Chile, donde sus gobernantes se jactan de que la democracia está vigente, una vez más, esa democracia mostró su verdadero rostro: el de la dictadura.

Los panfletos, de la Coordinadora Nacional de Organizaciones de Derechos Humanos y Sociales, que días antes circularon por la ciudad fueron muy precisos: “Marchamos. Por el Derecho a la Memoria. No al Negacionismo. No Más Persecución a los inmigrantes. No a la Flexibilidad Laboral. No más Represión. ¡Basta de Impunidad!”.

En Chile, donde sus gobernantes se jactan de que las libertades y los derechos de un régimen democrático están en plena vigencia, la marcha tuvo que desarrollarse con las fuerzas de seguridad rodeando a los manifestantes. Los manifestantes que fueron ganando calles (prácticamente encerrados por un aparato represivo que tenía cubierta cada salida transversal de la avenida) portaban pancartas, banderas; entonaban consignas y protestaban. Pero protestaban pacíficamente. Protestaban por ese derecho irrenunciable: el derecho a la libertad de expresión. Esa libertad que hipócritamente dicen que hay en Chile, los mismos políticos y los mismos gobernantes, que el Día de la Memoria del Detenido Desaparecido, miran a un costado cuando la represión en las calles se torna brutal e indiscriminada.

Una represión planificada con sincronización bestial. Con maquiavelismo bestial. Pero los manifestantes no dieron vuelta atrás. Docenas de carros de asalto y centenares de carabineros con los ropajes del terror, rodeando la columna de manifestantes, por la cabecera y por la retaguardia, no lograron frustrar el sentido de la marcha: la libertad de decirles en la cara, a los poderosos de La Moneda y a sus esbirros, que los pueblos no se callan, no se doblegan ni se someten, aunque se reprima.

Y así ocurrió. Reprimieron. Cargaron. Cargaron sobre la columna popular cuando ya se encontraba a unas diez cuadras de su destino. Coordinados por una sofisticada infraestructura de comunicaciones, los Carabineros de Chile fueron encerrando a los manifestantes desde diferentes frentes; los carros lanza agua salieron de sus madrigueras y fueron avanzando estrepitosamente sobre las calles. La maquinaria del terror comenzó a desplazarse. Implacablemente.

Y ahí estuvimos: Antimafia Dos Mil y Our Voice, en cobertura periodística, portando una pancarta: “No al Modelo Económico Nazi Pinochetista”. Las fotos de Leandro Gómez son elocuentes.

¿Hacia dónde correr, si en todas las calles transversales están apostados los hombres que defienden la “democracia chilena” a palos, gases y chorros de agua, causando contusiones y asfixias?

La columna de manifestantes cayó en la trampa. Pero no cayó ni en el miedo, ni en el pánico. Los “pacos” (como se dice a los Carabineros de Chile), fueron enfrentados, insultados y esquivados. Desde el aire dos helicópteros monitorearon los desplazamientos. Desde el aire, dos drones fotografiaron y filmaron a los revoltosos. Los revoltosos que llevaban como únicas armas su voz de libertad; su voz de protesta y la consciencia militante de que a las dictaduras (aunque estén disfrazadas de democracias) hay que confrontarlas sin pelos en la lengua: también en las calles. O mejor dicho, siempre en las calles.

Y así ocurrió. En las calles de Santiago otra vez se oyeron los cánticos de la resistencia y se oyeron las botas de los represores con su maquinaria infernal. Una maquinaria infernal que llegó hasta el Cementerio General, en la Comuna de Recoleta, arrasando todo a su paso. Cargando sobre familiares que habían logrado ingresar al Patio 29 de la necrópolis. Sin respetar los silencios de quienes no pueden hacer otra cosa que llorar a sus muertos en manos de la dictadura de Pinochet, los “pacos” de las Fuerzas Especiales, caminaron entre las tumbas, las pisotearon; y golpearon y detuvieron personas en su mayoría jóvenes. Hubo heridos entre los familiares de detenidos asesinados por la dictadura. Hubo escaramuzas. Hubo violencia. La violencia del represor, que no cesa.

Pero la cereza de la torta no estuvo ausente. Esto ocurrió en el otro extremo de la verdadera lucha por la libertad

En Chile, donde sus gobernantes hablan de libertades y democracias, unas cien personas de organizaciones de extrema derecha, insólitamente, tuvieron el cinismo y la osadía de visibilizar la faceta fascista de la vida chilena. La vida chilena de hombres y mujeres que añoran los tiempos de dictadura. Que se manifiestan dentro de una ideología del más recalcitrante racismo. De la más recalcitrante xenofobia.

Esos hombres y mujeres dieron forma a su propia expresión de fascismo. Fue apenas horas después de la Marcha por el Derecho a la Memoria, en las calles céntricas de Santiago y en el Cementerio.

Esos hombres y mujeres que añoran los tiempos de la dictadura marcharon por el centro de la capital con banderas y consignas del más excelso fascismo diseminado por el país. Y la nota visual más impactante (y más oprobiosa) (y más vergonzosa) de esta marcha fue que la misma fue literalmente escoltada por las Fuerzas Especiales de los Carabineros de Chile. Uniformados que redoblaban en número a los manifestantes, los que no superaban las cien personas. Una escena surrealista. Una escena extraída del pasado, pero de nuestros días. Un verdadero horror.

A los unos: por luchar por la libertad y por darle honrosa memoria a los detenidos desaparecidos en dictadura, las fuerzas de seguridad, los reprimen. A los otros, por abrazarse al puro fascismo, las fuerzas de seguridad –descaradamente- los protegen.

Ya no se trata de una contradicción. Se trata de una aberración histórica, apañada por todos y cada uno de los gobiernos post dictadura: Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz Tagle, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera. Todos ellos, permitieron que la aberración histórica se institucionalizara dentro de Chile, con impunidad descarada, año tras año, después del 11 de setiembre de 1973.

Alguien nos dijo: “Se acabó la dictadura, pero no vivimos en democracia”

Y así es.

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*Fotos de Leandro Gómez de Our Voice.