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Por Karina Rojas de La Izquierda Diario y Pan y Rosas (*)-7 de agosto de 2019

La frase de Graciela Villar no solo generó polémica entre amigos y enemigos, sino que abrió un debate sobre las fortalezas y debilidades de las alianzas con intereses de clase contrapuestos. Aquí, las primeras reflexiones.

Una de las primeras declaraciones que dio Graciela Villar luego de ser consagrada como candidata a vice presidenta por el Frente Amplio, fue la de que “el debate en estas elecciones es entre oligarquía y pueblo”.

En este marco, Villar se propone polarizar en estas elecciones a favor del Frente Amplio a partir de ubicar como “el gran enemigo” a la oligarquía representada en aquella burguesía rural dueña de grandes extensiones de tierras, que en el verano de 2018 organizó el movimiento Por un Solo Uruguay, con amplios lazos políticos con la derecha uruguaya, en especial con el Partido Nacional.

En una intención de ubicarse a la izquierda del arco frenteamplista y convocando a una base que ve con buenos ojos la lucha contra los sectores más reaccionarios de la sociedad, Villar termina sosteniendo que, en las elecciones de octubre, un voto a Luis Lacalle Pou sería un voto a la “oligarquía”, mientras que un voto al Frente Amplio sería un voto al “pueblo” y ubicando la pelea electoral a partir de una alusión al programa del Frente Amplio de los años ’70.

La frase que habla de que “la contradicción fundamental en nuestra sociedad es entre oligarquía y pueblo” constituye una de las bases teóricas más importantes del Partido Comunista Uruguayo y de otros dirigentes frentistas como Seregni. Siguiendo la orientación del stalinismo ruso, esta frase parte de una demanda justa que es enfrentar a los sectores más reaccionarios de la sociedad como la aristocracia y los dueños del campo, pero plantea una serie de contradicciones peligrosas en lo que hace a establecer qué tipo de alianzas de clase son válidas para dar esta pelea. Justamente, termina justificando acuerdos con las burguesías nacionales en los países de la periferia para enfrentar a un enemigo común, la oligarquía nativa que muchas veces mantiene acuerdos comerciales y políticos con el capital financiero internacional.

Es una frase que concentra toda una postura teórica a favor de los frentes de conciliación de clases y de la justificación de alianzas con sectores burgueses contra otros más reaccionarios, en pos de sacar al país adelante generando mejores condiciones para la lucha. Una visión que diluye la potencialidad de la lucha de la clase trabajadora y la subordina a un sector de la burguesía postergando sus intereses de emancipación social. Se basa en una lógica etapista de la lucha de clases, donde primero habría que acumular fuerzas dentro del capitalismo para luego pasar a una lucha socialista.

Villar, como muchos otros en el Frente Amplio, abrazan esta teoría que justifica la existencia de la misma coalición de gobierno. Pretende imponer en la conciencia de la base frenteamplista la lógica de conciliación de clases, dando como válido la posibilidad de construir alianzas con sectores de la burguesía (nacional, industrial, mercado-internista) contra los sectores terratenientes del campo. Una visión que fomenta la pérdida de toda independencia de clase y genera ilusiones en sectores con intereses contrarios a los de la clase trabajadora y los sectores populares.

Pero efectivamente ¿El FA está contra la oligarquía?

El FA, con sus más de 15 años en el poder, gestionó el Estado uruguayo permitiendo que ganen todas las alas y fracciones de la burguesía, desde la industrial (favoreciendo subsidios y exoneraciones), las multinacionales, las entidades bancarias, el sector de los servicios y también el sector del campo, tanto sea los grandes pooles de siembra y de producción ganadera para la exportación, como los hacendados nacionales que utilizan fuerza de trabajo intensiva (mantienen condiciones de semi esclavitud a los peones rurales), lucran con los ríos y otros recursos naturales y exigen un Estado “más eficiente y menos gastador”.

Los impuestos que hoy paga el campo son menores a los que pagan las familias trabajadoras cuando compran productos de primera necesidad como la yerba, a través del IVA, por ejemplo. Es decir que, pese al discurso oficialista, hoy paga más el que menos tiene, dejando intactos los privilegios de los que más tienen.

Sin embargo, el FA nunca tocó los privilegios de estos sectores reaccionarios y conservadores (tanto en el plano económico como cultural y social). Siempre protegió la exportación de productos primarios y de bajo valor agregado (hasta reivindicando la exportación de ganado en pie, como hizo Mujica). Es decir, nunca cuestionó el modelo primarista de nuestra economía y el desarrollo dependiente de los centros de poder mundial.

Es más, durante los mandatos del FA se ha extranjerizado la tierra como nunca y ha crecido el latifundio y la producción agraria a partir del monocultivo (como la soja), procesos que el FA viene invisibilizando, ya que no puede decirse que sean medidas muy de izquierda.

¿Contra la “oligarquía” y con UPM?

El discurso contra la oligarquía del FA termina en saco roto cuando por estos días terminaron de sellar el acuerdo con la finlandesa UPM. Tal como decimos aquí, un acuerdo de coloniaje donde el Estado debe invertir fortunas para que la multinacional proceda a llevarse nuestros recursos naturales, contaminando todo a su paso.

UPM es una empresa multinacional que no solo explota a los trabajadores finlandeses, sino que obtiene sus ganancias de la explotación de la fuerza de trabajo de países de la periferia. Nada más oligárquico que una burguesía que trasciende las fronteras de su propio país para ejercer su dominación, valiéndose de la legislación local y foránea para su beneficio.

El discurso de Villar “para la tribuna” quiere recuperar una mística de lucha. Pero en estos 15 años de gobiernos frenteamplistas se ha convivido con las súper ganancias de los bancos, las grandes cadenas de comercio y las multinacionales instaladas en las zonas francas, a costa incluso de degradar los salarios y garantizar un nivel de precarización del trabajo nunca visto en Uruguay.

¿Cuál es la contradicción fundamental?

Desde los sectores de la izquierda tradicional uruguaya siempre se agitó la idea de que la contradicción fundamental es la de “oligarquía-pueblo”, pero esta formulación concentra no menos errores. En primer lugar, la definición de “pueblo” es ya de por sí ambigua y difusa, y no está exenta de que dentro de la misma categoría se incluya a la oligarquía. Por otro lado, queda difuso también cuál es el sujeto social y político que puede generar y promover los cambios sociales, en especial el paso del capitalismo al socialismo. En este caso, el rol hegemónico que puede cumplir la clase trabajadora acaudillando al conjunto de los sectores oprimidos de la sociedad, que puede poner en jaque la economía capitalista y cuestionar la dominación burguesa, y que puede levantar otro tipo de sociedad, se ve desjerarquizado y relegado a convertirse en un mero apéndice de un proyecto burgués que tibiamente regatea con el imperialismo.

Por el contrario, la contradicción fundamental no es entre oligarquía y pueblo sino entre el capital y el trabajo, y la relación de explotación que allí se genera. El capitalismo vive a costa del trabajo ajeno, y esa es la base de nuestras economías.

Las banderas del antimperialismo

Justamente, frente a la polarización que el partido de gobierno quiere instalar, la clase trabajadora, las mujeres organizadas y el movimiento estudiantil y juvenil deben visualizar claramente quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Es importante conquistar la necesaria independencia de clase debiendo romper con los representantes de la burguesía. Recuperar los sindicatos para la lucha por los intereses de nuestra clase y proponernos de una vez por todas superar este sistema capitalista y patriarcal que nos condena a la miseria de lo posible.

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(*) Gentileza de La Izquierda Diario

*Foto de Portada: www.laizquierdadiario.com.uy  /Graciela Villar

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