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Por Saverio Lodato – 13 de abril del 2020

Se necesita muy poco para hacer una buena televisión. Por supuesto, se necesita una idea. Y las ideas son bestias feas, a veces inalcanzables, a veces caprichosas, a veces tiránicas, a veces disparatadas, a veces demasiado exigentes, a veces contraproducentes para quienes se dejan poseer. Sin duda, si no se tienen ideas, no se va a ningún lado.

La idea que tuvo Massimo Giletti, para crear el Especial de "Non è L'Arena", transmitido anoche en La7, era hacer que los invitados giraran en torno a la pregunta de qué sucederá, cómo se hará, cómo irá, cuando el actual estado de cosas termine. ¿Cuándo? Cuando sea.

De hecho – y finalmente – no hubo quejas de la "fecha", de la hora X, del todos fuera de casa, dado que el todos en casa no puede ser para siempre.

Palabras que no se pronunciaron en el especial: máscara, hisopo, vacuna, médico, enfermera, virólogo, asintomático, contagiado, sanado y fallecido... No queremos recordar mal, pero incluso la palabra coronavirus no tuvo derechos de ciudadanía en el debate. Aún así, estaba perfectamente claro de qué se hablaba.

Ese Coliseo desierto e iluminado es el del tiempo del coronavirus, esa Fontana de Trevi, sin turistas ni nadadores desagradables, es la del tiempo del contagio. Ese Ponte Sant'Angelo, con estatuas de figura completa, maravilla de los ojos, como desde hace siglos y siglos no sucedía, dado que en ese puente el tiempo parece haberse detenido, es el del tiempo del coronavirus.

Giletti se centró en cuatro invitados: Claudio Amendola, Walter Veltroni, Claudia Geriniy Virginia Raggi.

Habrá sido el ambiente surrealista, o el efecto noche, que en una famosa película de Truffaut mostraba el detrás de escena del cine, o quizás la ausencia de publicidad, que nunca rompió el ritmo, el hecho es que los cuatro los invitados finalmente aparecieron bajo una luz diferente. Eran humanos, convincentes, casi libres de plumas y fanfarrias.

Ya no se veía al famoso, al personaje, ya sea del espectáculo o la política. El actor, la actriz, el alcalde, el ex alcalde tal o cual..., que a menudo magnetizan la impaciencia del espectador.

El conductor les hizo preguntas y ellos las respondieron. Sin la urgencia insoportable que casi siempre empuja a los propios conductores, tan pronto como han hecho la pregunta, a sacar la palabra de la boca del que va a responder.

Amendola preguntó si la política no debería cuestionarse si estará a la altura luego, cuando todo termine. Compartió las restricciones actuales, hablando de estos extraordinarios italianos que – en encomiable desprecio por cualquier retórica – dijo que "amaba y odiaba" al mismo tiempo. Se destacaron dos palabras clave: solidaridad, sentido de comunidad.

Veltroni puso el dedo en la llaga, en su sentido más político, diciendo que, si la burocracia, la astucia, los especuladores de la reconstrucción volvieran, todos perderemos una gran oportunidad, antes que nada la democracia. Y destacó que nos enfrentamos a una crisis sistémica, para la que nadie, en ninguna parte del mundo, estaba preparado.

Gerini habló sobre Roma, la vida en casa con su hija, y cómo es de incomparable el set de una película cuando se trata de una ciudad entera en la que, desafortunadamente, nadie está filmando la película.

Raggi dijo algo que sugiere muchas cosas: que finalmente el trabajo está por comenzar en Piazza Venezia, pero que tomó tres años comenzar la convocatoria para esa licitación.

Al principio dijimos que hacer buena televisión no es una tarea tan difícil.

Cierto. Se necesitan ideas. No hace falta subir la audiencia. Niser esclavo de la publicidad. Y, sobre todo, el interrogado debe poder responder.

Porque como dijo ese diablo de Platón, cualquier hombre, cuando se le pregunta bien, responde siempre bien. Sin embargo, no se le debe apuntar el micrófono a la cabeza, si puede decirse.

Es por eso que el programa de anoche no estuvo dominado por la angustia. Era ligero, increíblemente ligero. Y en estos días no es poca cosa.

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