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Por Saverio Lodato – 11 de abril del 2020

Piensen.

Un pueblo encerrado en casa durante más de un mes –donde, si todo va bien, continuarán durante otro mes– haciendo cola sanitaria frente a los supermercados, forzados, si quieren respirar un poco de aire, a sacar la cabeza por la ventana, con dificultades económicas graves y crecientes, inexorablemente bombardeadas por boletines mortuorios; piensen, decía, que estas personas se estrechan cada vez más alrededor del hombre que firma, casi semanalmente, las disposiciones que lo obligan a un régimen de cautiverio permanente. ¿No hay algo de milagroso en este comportamiento de uno de los pueblos más individualistas e indisciplinados del mundo?

¿Y por qué pasa esto?

Porque el primer ministro Giuseppe Conte se muestra cada vez más a la altura de la situación. Es fácil de entender.

Una situación nunca vista, una situación de emergencia, una situación de guerra. Tanto es así que casi como una fórmula podríamos decir que el coronavirus se encuentra en el camino incómodo y lento de este primer ministro, particularmente determinado, que le ha tomado las medidas y le está haciendo la vida difícil. Apoyado, y no hace falta decirlo, por lo mejor de los médicos, científicos y especialistas que fueron maltratados hasta hace dos meses, con muchos de ellos incluso en el exilio profesional.

Ahora intentemos hacer un retrato al vuelo de Conte, al igual que los pintores autodidactas de Montmartre, que para deleite de los turistas y unos pocos franceses, siempre logran captar sobre la marcha el rasgo esencial de un rostro, el carácter de un transeúnte.

Televisivamente hablando, Conte tiene la ventaja de que no se cansa. Todos los demás sí, a la larga están sujetos al tirano catódico.

Conte habla de política, pero con un lenguaje que no está relacionado con la política. De hecho, a años luz de distancia.

Es simple, claro y directo.

Traza una línea a seguir, se propone los objetivos que considera más adecuados, señala una meta, e informa los éxitos y las dificultades que encuentra en su tarea.

Nos parece conceptualmente lineal, no aparenta repetir ideas preconcebidas, o querer adaptar la realidad a cláusulas ideológicas y de acción. Razona en voz alta, traspasando la pantalla. No transmite astucia, pensamientos retro, o segundas intenciones. Un hombre así, casi un modelo en el tomar o dejar, es una rareza en la política italiana.

Anticipamos las objeciones: hemos descripto una postal, una tarjeta sagrada, aunque pintada en tonos laicos, visto y considerando que nadie es perfecto, y mucho menos en el escenario de la política italiana. Esto es muy cierto

Pero esto no significa que el italiano se vea obligado a aceptar y a reconocerse en la línea y en el camino que él ha trazado. El hecho, sin embargo, es que él ha trazado un camino, los otros no, proceden sólo en zigzags, se limitan a criticar las acciones del oponente, pero sin iniciativas propias, cultivan la eterna idea fija de elecciones políticas anticipadas que anularían los equilibrios existentes. Tienen en sus cabezas lo que una vez se llamó el sol del futuro. Pero esto, por desgracia, suena bien cuando hablan por televisión, pero no funciona bien.

Lo que ciertas figuras de la información y la política televisiva no dicen, no lo quieren decir y, como veremos, no lo pueden decir, es que, si hubiéramos tenido un Trump o un Johnson al mando de Italia, ya estaríamos hundidos en la fosa común.

Sí: en la fosa común, como la que, en estas horas, informan las noticias de Nueva York.

¿Qué queremos decir?

Que estamos llegando al punto en que el rey está cada vez más desnudo y la política cada vez más desenmascarada, acorralada, descubierta con las manos en la bolsa. Y, en consecuencia, está claro sin lugar a dudas por qué Giuseppe Conte disfruta –como todas las encuestas unánimemente señalan– del consenso de la gran mayoría de los italianos.

Desafortunadamente, Conte tiene un problema muy serio para él: no se lo ve debidamente flanqueado, excepto por algunos ministros que reman en su misma dirección, por personas a la altura del temporal que estamos atravesando.

Y ayer, en vivo, Conte –al que ciertos comentaristas llamaron, como auténticos sabios, el "mayordomo" aplastado entre los vasos de hierro– le dijo al pan pan, y al vino vino, con una grave acusación que involucra a Matteo Salvini y Giorgia Meloni, ambos miembros de la oposición, recordando cómo debió heredar el fatídicomes, y que ahora y justo desde la oposición de centro-derecha, casi lo llamarían para disculparse.

No queremos entrar en la diatriba de fechas y firmas que se desató después del discurso de Conte. Ayer, la lectura de los periódicos fue edificante, dado que en gran parte daban como errónea la reconstrucción temporal de Conte, mientras que otros, en compañía de la Unión Europea, la definieron como exacta y verdadera.

Leonardo Sciascia solía decir que, lamentablemente, Italia es un país sin verdad, privado de verdad. Pero Sciascia hace tiempo que nos ha dejado solos.

Cualquiera sea el caso, la otra noche, poco antes de las 20, vimos un espectáculo para paladares fuertes, al que nuestra "política" no está acostumbrada.

Y volvamos al comienzo de nuestro razonamiento.

¿Cuál política? La política no como un "arte de compromiso", nos extrañaría, sino como el "arte del trueque", de la "compra y venta" de ideas, intereses, réditos de posición, una política en la que todos pretenden luchar, sabiendo que el objetivo final será el de estar de acuerdo.

Pero incluso nuestro pintor de Montmartre comprendería de inmediato que la forma en que Conte entiende la política es muy estricta. Prueba de esto es que debería haber evitado –en un momento como este– buscarse otros problemas además de todos los que ya tiene.

¿Qué lo hizo hacerlo? se preguntan rápidamente algunos comentaristas.

Alguien que ya es débil dentro de su gobierno, que es llamado en Europa a los esfuerzos de Sísifo ¿también se enfrenta a la oposición?

Resultado. Meloni ahora le grita al "régimen", de tipo "soviético", peor: "coreano", de la transmisión en vivo, a la "subversión" de la democracia. Y con un aire burlón y los pies en el suelo, se preguntó si el jefe de Estado, Sergio Mattarella, no tenía nada que decir al respecto.

Salvini incluso levantó el teléfono para llamar al Quirinale, para pedirle al jefe de Estado que saque las tarjetas rojas.

¿Y qué debería decir el jefe de Estado, tirado tan descaradamente de la chaqueta?

Queremos estar desnudos y en carne viva.

Salvini tiene marcas indelebles. La Meloni –y pongan atención ya ninguno de los dos habla en nombre del centro derecha, cada uno defiende sólo sus propios intereses– desearía una mayor presencia televisiva para sacarle algunos puntos porcentuales a Salvini.

Solicitud legítima. Pero todo esto nuestro pintor de Montmartre lo atrapa al vuelo y, por otro lado, el jefe de Estado puede ocuparse de la programación y los horarios televisivos.

Bien. Para concluir.

Que la otra noche se organizó un espectáculo para paladares fuertes lo entendió perfectamente Enrico Mentana, al conducir las noticias de La7. Y Mentana agregó que, si hubiera sabido lo que iba a decir Conte, ese pasaje, sobre Salvini y Meloni, nunca se habría transmitido.

Caramba. Porque precisamente ese pasaje alcanzó picos de audiencia... A nosotros, por ejemplo, nos encantó.

Mentana ahora dirá que fue mejor así: que la noticia se salió de control, porque los ciudadanos no son bebés y tienen todo el derecho, en esta situación dramática, de comprender a fondo a quién le importa el futuro de Italia. Más allá de la habitual censura, los micrófonos se apagaron por amor a la patria y los velos piadosos se corrieron para cubrir esta o aquella vergüenza.

Estamos atrapados en una situación de emergencia que nos obliga a enfrentar una pandemia.

Y Conte, ilustrando su enfrentamiento con Europa, fue muy claro a este respecto: afecta al futuro de Italia. Para esto se necesitan remeros de confianza, no saboteadores ocultos en la espesura.

¿Podrá, con el gobierno que retrocede, vencer la resistencia de tantos en el norte de Europa? Los italianos lo desean. Y los italianos que miran televisión no son bebés y las noticias no son biberones.

En cuanto a Conte, como quiera que le vaya, podrá decir que lo intentó. Felices Pascuas a todos nuestros lectores.

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*Foto de Portada: © Imagoeconomica

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