giorgiobongiovanniPor Giorgio Bongiovanni – 13 de enero del 2020

¡Silere non possum! ¡No puedo permanecer callado! Con estas palabras, Joseph Ratzinger, el Papa emérito Benedicto XVI, ha vuelto a romper el silencio que prometió guardar después de su resonante renuncia. Lo hizo firmando un libro, publicado por Editorial Fayard y escrito junto con el cardenal guineano Robert Sarah, el prefecto de la Congregación para el Culto Divino, quien es considerado un punto de referencia en la fila de opositores al pontificado de Bergoglio.

No es una casualidad.

Antes de convertirse en Papa, Ratzinger, del 25 de noviembre de 1981 al 2 de abril de 2005, fue Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Nombre que hoy recibe la Santa Inquisición (luego conocida como el Santo Oficio), esa orden criminal que fue el verdugo y asesino que llevó a la muerte, en nombre de la conversión, a miles de indios en los tiempos de la colonización.

Actos contra el hombre que se llevaron a cabo enviando a la hoguera a decenas y decenas de pensadores libres (sobre todo recordamos el asesinato de una figura como Giordano Bruno) y opositores de los Estados Pontificios. Todo en nombre de una aparente tutela a la doctrina de la Iglesia Católica.

Aunque en el libro se hable de "obediencia subsidiaria" al Pontífice actual y de "espíritu de amor por la unidad de la Iglesia", afirmando que "disputas entre personas, maniobras políticas, juegos de poder, manipulaciones ideológicas y duras críticas... le hacen el juego al diablo", es evidente que detrás de esta nueva intervención de Benedicto XVI, existe la voluntad de presionar al Papa Francisco quien, en las próximas semanas, tendrá que expresarse sobre los temas tratados en el Sínodo del Amazonas.

Entre los temas más candentes figura la propuesta de ordenar hombres casados que puedan distribuir los sacramentos en áreas remotas de la "cuenca" amazónica donde los sacerdotes se reúnen una vez cada dos meses.

Un tema que detonó un acalorado debate dentro y fuera de la Curia, tanto que hay quienes temen la posibilidad de un cisma. El Papa Emérito y el cardenal "rebelde" intervienen para defender a cualquier costo el "celibato sacerdotal" al afirmar que "la posibilidad de ordenar hombres casados representaría una catástrofe pastoral, una confusión eclesiológica y un oscurecimiento de la comprensión del sacerdocio".

Benedicto XVI explica que "de la celebración diaria de la eucaristía, que implica un servicio permanente a Dios, surgió espontáneamente la imposibilidad de un vínculo matrimonial. Se puede decir que la abstinencia sexual, que era funcional, se convirtió en una abstinencia ontológica". El Papa Emérito señala que no es "posible cumplir las dos vocaciones simultáneamente", la sacerdotal y la matrimonial, y por lo tanto es necesario "renunciar a todos los compromisos".

Al hacerlo, sin embargo, se comete un grave error que ofende la inteligencia de muchos fieles cristianos.

Forzar a los clérigos, sacerdotes, obispos y cardenales a permanecer en el celibato lleva al hombre a dominar un instinto humano: el de la creación de la vida que tiene también una parte en el acto sexual.

Refrenar este instinto ha llevado a clérigos, sacerdotes, obispos y cardenales a realizar actos de violencia inaudita y actos sexuales contra tantas personas y niños inocentes. A menudo crímenes silenciados, escondidos y protegidos por los mismos órganos superiores de la Iglesia. Hechos probados por cientos de investigaciones.

Es obvio que también hay sacerdotes y eclesiásticos que logran dominar sus instintos sexuales, pero imponer algo que se debe asumir como una libre elección no sólo no es justo, sino que también es un error muy grave. Por esta razón, la apertura que se manifestó en el Sínodo puede ser un importante punto de partida.

Una apertura que analiza lo que ya está sucediendo en Rusia o en las Iglesias Ortodoxas orientales y bizantinas.

Y no se puede decir que en el clero casado haya una menor dedicación a Dios o a la Iglesia.

"Errar es humano, pero perseverar es diabólico" dice el dicho latino. Los continuos ataques provenientes de los círculos conservadores de la Iglesia ponen en evidencia el incómodo trabajo del Pontífice. Basta recordar que hace sólo unos meses atrás apareció una carta firmada por historiadores, sacerdotes, nobles, eruditos y teólogos nostálgicos del anciano Papa Emérito Benedicto XVI (que nunca se alejó de ellos) en la que se acusaba a Bergoglio de "herejía".

Esperamos que el Papa Francisco no se deje condicionar por esta nueva invectiva contra sus revoluciones, que continúe excomulgando con fuerza a los mafiosos y corruptos, y que prosiga con sus reformas. Hasta llevar a la Iglesia de regreso a ese origen que tiene a Jesucristo y a los valores que él ha transmitido como centro de la Enseñanza.

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En la foto: el cardenal Sarah y Benedetto XVI